Presume la parca un humor de guadaña al llevarse a Tomás Gutiérrez Alea y dejarle como último clavo de su filmografía a Guantanamera (1995).
Desenredemos la premisa: Yoyita (Conchita Brando), una celebrada cantante, regresa en la senectud a su natal Guantánamo con tal de reencontrarse con Cándido (Raúl Egurén), cándido enamorado de su juventud al que dejó tirado buscando el éxito en Occidente.
Pero, fatalidad, el amor en tiempos del período especial no es apto para mayores de setenta años. Yoyita muere tras el reencuentro y su última voluntad es ser enterrada en la capital. ¡Los orientales como siempre, metidos en La Habana aunque sea bajo tierra!
Entran en el dilema Gina (Mirtha Ibarra), sobrina de Yoyita, y Adolfo (Carlos Cruz), marido de Gina. Adolfo es un (ex)funcionario, ahora funerario, que pretende implementar un plan maestro para regresar a las alturas del poder.
La idea del sesudo tan bien bautizado es que cada provincia se haga cargo del tramo que corresponde a sus fronteras, cambiando de carro y combustible en las funerarias, convertidas en puntos de control.
Sumemos a Jorge Perugorría interpretando un personaje en las antípodas de Diego en Fresa y Chocolate (1993): Mauricio, camionero machote adornado por ristras de amantes de camino y comida de contrabando.
Una serie de encuentros fortuitos despertarán la pasión entre Gina y Mauricio, hibernada desde que el joven era su alumno de economía en la universidad. ¡Voilà! Una película de carretera como pocas ha dado Cuba (road movies, no carreteras), donde asistimos a la emancipación de Gina del yugo de su marido.

Este filme, dirigido en dupla prodigiosa con Juan Carlos Tabío, no tiene nada que envidiarle a ninguna comedia cubana en ingenio o desglose incisivo de problemas sociales.
Si acaso es en la visualidad donde más se resiente. No cuenta con la elegancia vintage de la otra gran necro-comedia de Alea: La muerte de un burócrata (1966).
No obstante, de ese aspecto a primera vista descuidado el filme se aprovecha con creces, cuando contrasta la arquitectura ruinosa con eslóganes triunfalistas o al presentar escenarios tan comunes (ayer, ahora y siempre) como las «matasones» en colas y paradas.
Un robusto cimiento subtextual para sostener un guion que consigue encadenar broma tras broma sin que se afecte el ritmo. Ayuda en esto el sólido elenco que consigue infundir de humanidad a unos personajes que corrían el riesgo de quedar en meras representaciones simbólicas.
Perugorría no es lo único que comparte Guantanamera con Fresa y Chocolate, antecesora y competencia imbatible (e inevitable). Hereda de ella su estilo de humor sarcástico junto al delicado balance entre melodrama y risa.
Si fuera a sacarle algún defecto, sería la duración. Impera en la sección final una sensación de apuro y el momentum acumulado pega, pero podría haber sido más fuerte.
De la banda sonora, irrita el uso de la canción titular como una especie de recapitulación, recurso más apropiado para una serie de TV y que se antoja redundante, aunque simpático.

Guantanamera no se queda en la parodia. Mediante la incorporación de elementos de las religiones afrocubanas (¿alguien dijo real maravilloso?) transforma el viaje por carretera en fábula universal.
Pues esta película, al final del camino, es burla del absurdo kafkiano que nos infecta, es crónica del diario «resolver», es retrato de la crisis, y, a su vez, es exaltación de la juventud, es condena de lo caduco, es canto de la renovación: ¡es cubana, guantanamera, guajira guantanamera!
Con información de Rolando Casals (Estudiante de Periodismo)
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