Cuando supe que cierta historia iba a desarrollarse en solo ocho capítulos que superan la media hora, hice una mueca. Una mueca de resignación, porque ya sabía lo que venía, y aunque no soy un radical literario, uno de esos que dicen que es imposible captar la esencia del libro en el cine, como mismo se dijo alguna vez que la fotografía reemplazaría a la pintura, sin percatarse de que cada arte tiene lo suyo; considero, haciendo honor a esta obra (aunque ejemplos no faltan), que una adaptación del libro es algo arriesgado, que puede catapultar a los directores a la cima, o puede arrojarlos en la llanura del intento.
De la serie Cien años de soledad, dirigida por Alex García Mora y Laura Mora, adaptación de la novela del mismo nombre de la autoría del colombiano Gabriel García Márquez, se ha hablado mucho desde su estreno oficial en NETFLIX el 11 de diciembre de 2024, y hace poco me enteré de la llegada de una segunda temporada.
Hay cosas (entiéndase situaciones, obras de arte, realidades) que para escribir sobre ellas, uno debe abordarlas al segundo de haberlas experimentado, por si se nos olvida de que iba. Pero esta serie tiene la particularidad, como tantas otras, de dejar un mal presentimiento en el aire.
No es un fiasco (no me refiero a la buena fotografía, tal vez algunas actuaciones, alguno que otro efecto especial), pero recordemos que se trata de una historia, la cual por más que se desarrolle en medio de un pueblo, traducción del sueño más humano posible «el nuevo comienzo»; surge precisamente de la idea de alejarse de todo un contexto histórico, abstrayéndose a sí misma (me refiero a la ficción del pueblo y sus personajes) en la causalidad, en la contradicción, y a medida que se desarrolla la historia, el pueblo empieza a tomar la forma del mundo del cual los protagonistas han escapado para empezar una vez más.
Después de su estreno, tanto los seguidores de Márquez como los no tanto, hablaron (depende de cómo se mire el hecho en sí de la crítica) a favor y en contra de la adaptación. Unos hablan del mundo «en que se habían construido sus propios personajes», de lo cual no creo que esté exenta la lectura de cualquier obra literaria resumiéndose en que «cada cual tiene su propio Macondo», y si se me permite un coloquialismo «al que le haya gustado bien y al que no también», además «entretiene»…

¡He aquí la cuestión! … el problema… la situación adversa… porque en este (jovial) juego de «más fácil, para más ventas»; en el juego de la «entretenedera» para que en la «entendedera» de las personas entre más fácil el mensaje; precisamente aquí, cae de cabeza en el hoyo del que posiblemente no saldrá.
Ni siquiera preguntaré por qué solo ocho capítulos para una historia tan rica, pues sabemos quién la distribuye, en donde los cambios de Macondo son demasiado apresurados, los cuales en la obra literaria son metáforas de las situaciones en las que se sumerge por épocas Latinoamérica (pobreza y abundancia desmesuradas, y viceversa) las cuales se reflejan, como es natural, en la historia de las familias que habitamos este rincón.
Intentan, lo más que pueden, que esos macondianos se parezcan a nosotros, con sus excesos, sus formas de ser. Sin embargo, en mi opinión lo único que logran, como tantas veces ha pasado, es generar una caricatura apresurada del latinoamericano, porque sí, Macondo no flota por el espacio sideral, sobre montañas sombreadas por la niebla fría que cubre las montañas.
¡Macondo está en Colombia!, en donde llegado un tiempo, sufre las histerias de la política, los desmanes del mundo exterior, las desgracias heredadas de la historia, como la guerra por ejemplo, uno de los principales ejes temáticos de la novela y en donde uno de los personajes más importantes toma tanta importancia que uno puede llegar a confundirse y llamarlo protagonista.
Digamos que este hombre es el coronel Aureliano Buendía, a quien algún guionista sesudo le ha dado unas características de terrorista inexperto, tonto, bruto simple, para luego llenarle la boca a su esencial madre, doña Úrsula Iguarán, con las palabras más ridículas que he escuchado en el cine: ¡Hemos criado un monstruo!
Personas, ¿qué es esto? Yo le pago su peso en oro, al que me enseñe la parte del libro en que Úrsula se da esa patada. El hecho de que el arte cinematográfico y el arte literario no se trabajen con la misma pintura, no significa que en el proceso de adaptación, los personajes se desvirtúen, que la esencia de un movimiento desaparezca y que el mensaje (de por sí asequible a cualquier tipo de lector) de la obra, muera.
Esta serie deja mucho de qué hablar, pero como se prometió que se iría de lo simple a lo complicado, pongámonos serios y centrémonos en el especial de horror del material: el coronel.

La deconstrucción de un personaje complejo como el coronel Aureliano Buendía para convertirlo en una caricatura, es una forma de ataque cognitivo porque busca reemplazar una narrativa rica, crítica y universal, por una simplista, estereotipada y potencialmente ideológica.
La relevancia de este personaje en la novela, reside en su ambigüedad. Es un héroe y un tirano, un idealista y un cínico. Él mismo no sabe por qué lucha después de la primera guerra. La serie al pintarlo como un terrorista elimina esta ambivalencia.
Un mensaje simple como «este es el malo» o «este es el bueno» es más fácil de implantar que una reflexión sobre la naturaleza humana y política de estas latitudes. Al simplificar al personaje, se simplifica sin lugar a dudas la comprensión del conflicto político latinoamericano, reduciéndolo a un problema de salvajes en lugar de una compleja tragedia histórica.
Al presentar las guerras del coronel como un sinsentido y a los latinoamericanos, a su vez, como salvajes, la serie puede estar imponiendo un marco de interpretación externo, el cual muestra al espectador (tanto extranjero como local) a ver su propia historia a través de los ojos del estereotipo.
En lugar de hacer ver las causas estructurales (explotación, desigualdad, lucha por la tierra) que la obra literaria si explicita, la serie sugiere que la violencia es un defecto cultural innato. Esto es un ataque directo a la autopercepción de los latinoamericanos.
El coronel Aureliano Buendía, su personaje literario, representa la soledad del poder, el fracaso de los ideales que nunca se tuvieron y la paradoja del caudillo. La serie, al ser un producto audiovisual de alcance global, tiene el poder de reescribir ese personaje para millones de personas que quizás no han leído el libro.
Reemplazar el mito complejo por un cliché es una forma de empobrecer el espacio narrativo, dominarlo y maniobrar a través de él.
La primera temporada, si mal no recuerdo, concluye con la invasión subliminal de Aureliano a Macondo, y el grito de Úrsula donde proclama «¡Si yo no he criado a un hijo, yo lo que crié fue un caballo!», porque aún me duele repetir las palabras que han metido en la boca de la doña.
Quién sabe si en la próxima temporada, Aureliano no se muere meando con varios gallinazos encima, y en cambio se lo traga la tierra, le dan la jubilación y se va… hace pescaditos de estaño… como tajadas de boniato… llora pensando en la guerra mientras juega a la rayuela con el coronel Márquez. Es que nadie sabe.
P.D.: Dice un amigo que Wes Anderson debería adaptar el libro, y en el idioma que le dé la gana, pues de todas formas confía(mos) en que le saldrá bien: él es como macondiano, o sus obras son mediomacondianas…
Lea también: «Enter The Void (2009): Sobredosis de estilo» (+ Trailer)
Con información de Liam Bornot (Estudiante de Periodismo)
- Ocho capítulos de decepción - 25 de enero de 2026
- Holguín acoge desde hoy al Festival Internacional Jazz Plaza - 25 de enero de 2026
- Convoca Universidad de Moa a congreso internacional Cinarem 2026 - 24 de enero de 2026