EL SIGUIENTE ARTÍCULO CONTIENE SPOILERS DEL FILME CLÍMAX (2018)
Hace falta la clase especial de valentía o estupidez similar al que camina como equilibrista por los límites de la locura para, una vez terminada Clímax (2018), pensar en el consumo de cualquier forma de estupefaciente. Como mínimo, les hará pensárselo dos veces antes de aceptar alguna bebida en una fiesta.
A cualquiera que haya visto una obra de Gaspar Noé, director del filme, le parecerá ridículo imaginar que el franco-argentino concibiera para su filmografía una historia con intenciones pedagógicas más propias de un telefilme. No es el caso.
Empecemos por el final, tal cual hace la película en su inicio.
Una mujer camina sola en medio de una ventisca, manchada con suficiente sangre para alterarnos. No se sostiene, se hunde en la blancura, tiñéndola de rojo a medida que los gritos y espasmos erráticos conforman un siniestro ángel al final de su rastro.
Cuando se le acaban las fuerzas, la cámara la abandona. «Acaban de ver una película basada en hechos reales que tuvieron lugar en 1996», rezan unas letras negras a medida que los créditos se despliegan.
Aclaro que Clímax está tan basada en hechos reales como La masacre de Texas (1974), dígase, una distorsión deliberada. Noé nos presenta hechos y finge ser objetivo como una suerte de periodista, recordando que muchas veces la ficción es más verosímil que la realidad. En esto tiene algo que ver la concepción inicial del filme como un documental sobre el baile.
Porque tan importante para Clímax fue aquella desgraciada fiesta de 1996 como las películas de terror de los años 70 que Noé amontona como parte del escenario en la siguiente escena.
Gaspar nos presenta el elenco mediante entrevistas a los personajes: una compañía de veinticuatro bailarines franceses que hablan sobre sus aspiraciones y lo que para ellos significa el baile.
Construye una historia auténticamente coral, donde el único símil de protagonista es Sofia Boutella en el papel de la rubia Selva. El resto del elenco está formado por bailarines sin experiencia previa en la actuación.
Si combinamos este factor a la importancia que se reservó a la improvisación en el rodaje (algo irónico para una película donde los personajes ensayan su performance para nuestro deleite) entendemos la verosimilitud inmersiva de la que hablaba en los párrafos anteriores.

Después de las entrevistas, la película nos entrega una secuencia de baile al ritmo de música electrónica (género que se le da tan bien a los franceses) donde el elenco despliega todo su talento en una coreografía instantáneamente icónica.
Terminado el ensayo, siguen una serie de pequeñas viñetas intercaladas, diálogos banales entre los bailarines donde nos revelan más capas de su carácter, ahora desinhibidos por el ambiente.
Entonces, se forma otro círculo para el baile, pero se empiezan a notar los efectos del cansancio y el alcohol en su torpeza, cada vez más pronunciada.
Los créditos de la película (a la banda sonora, los actores, el equipo de dirección) se manifiestan en la típica epilepsia estilizada del director.
¿Ahora, a mitad de película, es que empieza todo? Pregunta irrelevante.
Lo que prosigue a este prolongadísimo prólogo es un auténtico infierno.
Resulta que el ponche de sangría que los personajes bebieron sin ninguna sospecha ha sido envenenado con LSD. No necesita Noé otro agente para transformar la fiesta en un bacanal abyecto, solo una pizquita de LSD y su formidable manejo de la cinematografía.
Mediante planos secuencia larguísimos, movimientos de cámara poco ortodoxos, una iluminación donde el color infecta la realidad y emociones de los personajes, así como unas actuaciones que progresan a la psicosis, donde los deseos antes insinuados son vomitados con violencia, Noé consiguió hacerme entender el terror religioso hacia la drogadicción al convertir a sus bailarines en adultas niñas de El Exorcista (1973), tan obscenos como dotados para la contorsión.
Foto 03

Pero da igual cuánto me esfuerce en describir la segunda parte de la película, hablamos de una experiencia donde prima lo sensorial más que lo argumental, y donde resultan tan impactantes los actos de nuestros personajes como una secuencia de nuestra protagonista caminando un pasillo.
«Vivir es una imposibilidad colectiva. Morir es una experiencia extraordinaria» proclama Noé tras hacernos experimentar su pesadilla psicodélica, cavando más hondo la tumba de nuestra esperanza. Al final, unos bomberos aparecen en escena, mientras nuestro elenco yace en espera, muerto, recostado, satisfecho o indiferente.
Como dije al principio, no intenta darnos un mensaje tan simplista como: «Niños, la droga es mala». Si este fuera el caso, no estaría escribiendo sobre ella. Mediante la intoxicación y el libertinaje, tal vez pretende examinar facetas muchas veces reprimidas de la psique humana, que solo se revelan en escenarios fortuitos como el de esta historia.
Nos queda entonces una película memorable (y hasta accesible si se compara con otros de sus filmes), recomendada para quien busque un cine provocador y tenga el estómago para digerir esta sangría alucinógena.
Por: Rolando Casals, estudiante de periodismo
- «Clímax (2018): Veinticuatro franceses intoxicados» - 22 de enero de 2026
- Dialoga Raúl Castro con Ministro del Interior de Rusia - 21 de enero de 2026
- Recibe Díaz-Canel a ministro del Interior de Rusia - 21 de enero de 2026