Desde hace algún tiempo la incertidumbre sobre el porvenir de Cuba se ha instalado como una preocupación constante entre quienes habitamos la Isla. No es una percepción aislada: el deterioro que atraviesan múltiples sectores configura un escenario complejo, una especie de policrisis que muchos interpretan como un camino hacia el colapso, frecuentemente atribuido a la política del gobierno de Estados Unidos. Ante este planteamiento, surge de inmediato una reacción conocida: ¿hasta cuándo se seguirá responsabilizando al bloqueo?
La pregunta no es nueva, pero tampoco lo es la realidad que la sustenta. Durante más de seis décadas, Cuba ha vivido bajo presión externa, marcada por sanciones, vigilancia y una narrativa internacional que intenta homologar al mundo según su propia definición de derechos humanos.
En ese contexto, los efectos de una sostenida confrontación también se reflejan en el plano simbólico. Se percibe en ciertos sectores una vergüenza con la identidad nacional, personas que reniegan de la historia propia y que idealizan modelos foráneos, incluso imaginan una transformación del país bajo esquemas completamente ajenos a su trayectoria.
Sin embargo, cualquier análisis honesto exige reconocer que la historia de Cuba y la de Estados Unidos han estado entrelazadas de manera inevitable. No se puede entender una sin la otra.
Ahora bien, mirar hacia afuera no puede convertirse en una excusa para ignorar lo que ocurre dentro del país. Los problemas internos existen y requieren ser asumidos con responsabilidad. No basta con apelar a la historia, es imprescindible revisarla críticamente, reconocer errores y evitar la inercia de justificarlo todo.
Ahora me viene a la memoria una reflexión de Eusebio Leal: las grandes figuras proyectan grandes sombras. Esta idea invita a cuestionar la tendencia a idealizar liderazgos sin someterlos al escrutinio de sus resultados.
Este es un tiempo que demanda pensamiento crítico, capacidad de cuestionamiento y una ciudadanía menos complaciente con quienes viven sobre el lomo de la Patria.
En paralelo, emergen nuevas dinámicas de poder dentro de la sociedad cubana. Es un fenómeno que responde a una ley natural de la sociedad y de la especie: la conexión entre poder económico y poder político. Esto, para una cultura política como la nuestra, formada con otros principios, resulta particularmente un golpe para quienes construyeron este proyecto de país.
Lo cierto es que el cambio parece ineludible. Nada que permanezca inmóvil sobrevive al paso del tiempo. En ese proceso, el pueblo tiene no solo la posibilidad, sino el derecho de rectificar, de redefinir su rumbo y de buscar sus propias respuestas. Aun así, persiste la convicción de que Cuba avanza, aunque no sin tensiones.
En medio de ese escenario, surge una interrogante esencial: ¿responde el Gobierno cubano a los intereses de su pueblo?
Quizás una de las respuestas más elocuentes la ofreció el propio Eusebio Leal en una entrevista concedida a Salim Lamrani hace doce años atrás:
«Seríamos el pueblo más vil, más cobarde, más mediocre de la tierra, para someternos a una tiranía de cinco décadas sin rebelarnos. Nuestro pueblo se sublevó durante más de cien años en múltiples ocasiones (…). Por tanto, este pueblo es capaz de encolerizarse, de tomar las armas y de luchar por su propio camino. Somos un pueblo de pasiones».
Quizás la mayor contradicción no sea elegir entre pasado y cambio, sino encontrar la manera de que ese cambio no renuncie a la dignidad ni a la memoria colectiva.
Cuba no parte de cero ni puede darse el lujo de copiar modelos ajenos sin mediaciones. Su camino, inevitablemente, tendrá que ser propio, construido desde la crítica, la participación y la responsabilidad compartida. Porque si algo ha demostrado la historia de este país es que su gente no permanece inmóvil ante la incertidumbre: la enfrenta, la discute y, llegado el momento, la transforma.
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