Las imágenes se repiten con una terquedad que alarma. Llega la temporada de lluvias y, con ella, el habitual desvelo de cientos de holguineros que miran de reojo el aumento del caudal de los ríos Marañón, Jigüe, Miradero o Milagrito.
Ciertamente, frente a la intensidad de los fenómenos hidrometeorológicos extremos —cada vez más frecuentes debido al cambio climático— poco podemos hacer para detener la fuerza de la naturaleza. Sin embargo, existe un detonante de las inundaciones que no cae del cielo, sino de nuestras propias manos: la basura.
No es un secreto para nadie que la acumulación de desechos sólidos en las márgenes y cauces de nuestras cuencas urbanas se ha convertido en un problema de orden interior, ambiental y sanitario. Cada botella plástica, cada saco de escombros o cacharro que se lanza de manera irresponsable a una cañada no desaparece por arte de magia; viaja con la corriente hasta encontrar un puente, una alcantarilla o un desagüe. Allí se erigen las represas de la indolencia.
Las consecuencias de estos microvertederos improvisados las pagamos todos, pero golpean con más fuerza a las comunidades más vulnerables. Estamos hablando de desbordamientos repentinos que inundan viviendas, destruyen bienes materiales, dañan los cultivos de la agricultura suburbana y, de forma inmediata, complejizan el panorama epidemiológico con la proliferación de vectores y enfermedades.
Ante esta realidad, la solución no puede pasar únicamente por esperar las lógicas y necesarias inversiones estatales de comunales o recursos hidráulicos para la limpieza de los canales. La verdadera transformación comienza por la disciplina social y la exigencia colectiva.
Para cambiar este panorama, se imponen acciones urgentes que nazcan desde el propio corazón de la comunidad. Esto exige, en primer lugar, una responsabilidad ciudadana real que erradique de una vez la nefasta práctica de usar los ríos como vertederos particulares.
Sin embargo, la conciencia individual no basta; se necesita también reactivar la vigilancia colectiva a través de los mecanismos comunitarios y las organizaciones de masas para denunciar con firmeza los vertimientos ilegales, entendiendo que la impunidad solo alimenta el riesgo. Este esfuerzo debe consolidarse mediante el trabajo comunitario integrado, impulsando la participación activa de los vecinos en jornadas constantes de higienización y mantenimiento de los entornos fluviales.
Salvar a la ciudad de Holguín de las inundaciones que nosotros mismos provocamos no es una utopía, es una necesidad de supervivencia. Cuidar nuestros ríos, mantenerlos limpios y respetar su flujo natural es, en última instancia, la forma más efectiva de protegernos a nosotros mismos, a nuestras familias y a nuestro entorno. La lluvia es inevitable; la complicidad de la basura, no.
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