No hablan de sus padres, no hablan del armario, no hablan del miedo. Se hablan con las manos y el cuerpo en general, moviéndose, y por supuesto que la cámara no puede apartar el lente. ¿Quiénes? Pues, Shane Hollander e Ilya Rozanov. El primer problema con esa palabra, rivales, cuando se aplica a estos personajes, es que el título miente. ¿Y por qué esta seguridad? Porque lo que estos dos tienen dentro de hoteles y cabañas ultraparadisíacas no es nada más que un amorío adolescente. Lo de la rivalidad queda en otro plano.
Hay que empezar por lo que Lucy Mangan señaló en The Guardian con una mezcla de escepticismo y franqueza: «Heated Rivalry —más que rivales— tiene mucho sexo. En concreto, sexo entre hombres. Más específicamente, sexo entre jóvenes que son estrellas del hockey y acérrimos rivales en la pista». Y sí, la serie no escatima.

Pero lo que Mangan llama «tedioso» es, para otros, un lenguaje. Tierney, quien dirigió, filma el sexo como el único canal de comunicación que estos dos hombres —uno cuidadoso y canadiense, el otro provocativo y ruso— tienen para entenderse.
El problema en la serie no está en el sexo: está en lo que rodea al sexo. Porque la serie también está llena de aspiraciones imposibles. Los cuerpos son perfectos, las sábanas son de hilo perfecto, las cabañas tienen vistas al lago, perfecto… No hay un solo grano de arroz o grano de lo que sea fuera de sitio.
Vende la fantasía de una vida gay sin muchas trabas en donde el mayor conflicto es la homofobia internalizada de un padre moribundo o la carrera olímpica que obliga a una separación temporal. Pero en el mundo real, la mayoría de los homosexuales no tienen departamentos en el verdadero edificio ni patrocinios de marcas deportivas.
No se puede negar el valor de lo que la serie sí ofrece. En un panorama saturado de narrativas queer trágicas — suicidios, violencias, familias que repudian—, «Más que rivales» se atreve a terminar bien.
Las actuaciones de Hudson Williams y Connor Storrie logran que la ternura no repugne, que el espectador crea que después de tanto sudor y tanta desconfianza, dos personas pueden simplemente elegir quedarse.
En ocasiones el ritmo de la serie se resiente, los personajes secundarios quedan apenas esbozados y la subtrama de Scott y Kip, aunque bienvenida, funciona más como una pausa que como un contrapunto. Pero acierta en que para una generación acostumbrada a esconderse detrás de pantallas, el simple hecho de mostrar un abrazo sin vergüenza puede ser bastante subversivo, y esto siempre se agradece.
Con información de Liam Bornot (Estudiante de Periodismo)
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