La migración en Cuba suele analizarse a través de estadísticas demográficas o desde el impacto emocional de las familias divididas. Sin embargo, hay una dimensión cualitativa que está calando hondo en la cotidianidad de Holguín y que apenas recibe la atención que merece: el éxodo masivo del talento técnico y de servicios. Nos estamos quedando sin las manos que hacen que el mundo real funcione.
No se trata solo de la legítima aspiración de un profesional universitario que busca otros horizontes. Hablamos de un vacío estructural en oficios vitales. Encontrar hoy en nuestra ciudad a un buen plomero, un electricista confiable, un tornero preciso o un técnico de refrigeración calificado se ha convertido en una labor de arqueología urbana. Incluso en el sector público, áreas tan sensibles como la enfermería o los servicios de mantenimiento técnico sufren una hemorragia constante de personal experimentado.
El conocimiento práctico no se improvisa en un aula de la noche a la mañana; se hereda, se pule con los años de práctica y se transmite de maestro a aprendiz. Cuando ese conocimiento emigra, el hilo conductor del relevo generacional se rompe.
Las consecuencias del éxodo en Holguín ya están a la vista. Asistimos a una preocupante «cultura de la improvisación» y del remiendo amateur, donde el ciudadano común termina pagando sumas astronómicas por trabajos mal ejecutados debido a la falta de competidores calificados. Las empresas estatales y los nuevos actores económicos se disputan los pocos técnicos que quedan, disparando unos precios que, al final de la cadena, asume el bolsillo del holguinero de a pie.
Mientras tanto, las escuelas de oficios y los institutos tecnológicos de la provincia luchan por mantener el atractivo ante una juventud que ve el esfuerzo técnico devaluado frente a la inmediatez de los ingresos del comercio informal o el sector de los servicios básicos. ¿Qué incentivo real tiene hoy un adolescente para pasar años dominando la electricidad industrial o la mecánica automotriz si el horizonte no le garantiza la prosperidad?

La modernización de la provincia, la cacareada transición digital y los planes de desarrollo territorial serán meras consignas de papel si no hay quién los sostenga en el terreno. Las computadoras necesitan redes eléctricas estables, los hospitales requieren sistemas de climatización operativos, las viviendas demandan redes hidráulicas funcionales. Las ideas necesitan de las manos.
La pregunta queda flotando en el aire de nuestros parques y talleres: si el talento técnico sigue empacando maletas y las aulas de oficios continúan vaciándose, ¿quiénes se quedarán para reparar, mantener y sostener el día a día de esta provincia? El futuro no solo se diseña; también se arregla con las manos. Y ahora mismo, nos estamos quedando sin mecánicos para el mañana.
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