En estos tiempos tan complejos, por el extremo recrudecimiento del bloqueo de Estados Unidos a Cuba, resulta imposible borrar de la memoria tantas criminales acciones, amenazas y las históricas pretensiones de anexión, desde que en el lejano 1767 Benjamín Franklin lo planteó como una necesidad.
Cuba —cuyos primeros gestos solidarios tuvieron lugar precisamente durante las luchas por la independencia de las Trece Colonias inglesas en norteamericana (1776-1783)—, ha permanecido siempre bajo la mirada expansionista del vecino del norte, pues la temprana idea anexionista de Franklin fue reafirmada 16 años después, por John Adams —vicepresidente de George Washington (1789-1797) y su sucesor en la presidencia (1797-1801)—, al acentuar que esta isla era una extensión natural del continente norteamericano, y por ser continuidad de Estados Unidos, era necesaria su anexión.
Tan creciente anhelo de apoderarse de Cuba también fue reafirmado en 1805 por el entonces presidente Thomas Jefferson (1801-1809), quien comunicó al representante de Inglaterra en Washington que, en caso de que su país tuviera una guerra contra España, se apoderaría de Cuba para mantener la seguridad de Lousiana y La Florida, que entonces no pertenecían a la Unión.
En 1823, John Quincy, entonces secretario de Estado del presidente James Monroe, envió una carta al gobierno español reiterando la aspiración de anexar a esta isla caribeña. Dos años después, el propio gobierno norteamericano se opuso a los esfuerzos de Colombia y México por la independencia de Cuba y en 1826, en el Congreso de Panamá, también impidió que se aprobara la propuesta del Libertador Simón Bolívar, respecto a la independencia de Cuba y Puerto Rico.
En 1848, a finales del mandato del presidente James K. Pok, se ofreció a España la compra de Cuba por hasta 100 millones de dólares, pretensiones que se mantuvieron en la década de 1870.
Al comenzar la guerra de independencia, con el levantamiento en armas de Carlos Manuel de Céspedes, el 10 de octubre de 1868, en su oriental ingenio de La Demajagua, el naciente imperio yanqui se mantuvo al tanto de los acontecimientos y durante la Guerra necesaria de 1895, organizada por José Martí y el Partido Revolucionario Cubano, aplicó la política de «la fruta madura», es decir, esperar que las fuerzas cubanas y españolas se desgastaran en los campos de batalla para, al final, apropiarse de la victoria, tras la batalla naval que tuvo lugar en Santiago de Cuba entre marines norteamericanos y españoles.
El Apóstol de la independencia de Cuba —por haber vivido en las entrañas del monstruo durante 14 años y conocerle sus entrañas—, había acentuado que, «a lo que aspira Estados Unidos es apoderarse de Cuba, sin complicaciones peligrosas para su nación».
Tras cumplir su objetivo, el 10 de diciembre de 1898 Estados Unidos y España firman en París un Tratado de Paz, sin la representación del Ejército Libertador, procediendo después al proceso preparatorio para crear la Constitución que daría paso a la instauración de la República de Cuba, el 20 de mayo de 1902 (mediatizada), para lo cual había que aceptar una enmienda aprobada por el vecino del norte, mediante la cual sus fuerzas podían intervenir en la isla ante cualquier eventualidad, además de la imposición de arrendamiento de un territorio para supuestas carboneras.
De esa manera, al año siguiente instalan su Base Naval en un área costera de Guantánamo, donde han practicado todo tipo de violaciones, como el asesinato de los combatientes fronterizos, Ramón López Peña (1964) y Luis Ramírez López (1965); del humilde trabajador Rubén López (1961) y el pescador y miliciano Rodolfo Rosell (1962); entrenamiento de grupos y bandas contrarrevolucionarias, la agresión a otros países y la creación de un centro de detención y tortura.
Imposible olvidar el amplio historial de medidas y acciones anticubanas provenientes de Estados Unidos en estos 67 años de Revolución, comenzando por aquella categórica indicación, el 23 de diciembre de 1958, de Allen Dulles, quien llegó a ser el primer director civil de la CIA: «Debemos impedir la victoria de Castro», a lo que el entonces presidente Dwight Eisenhower reveló que, ya tenían en camino operaciones encubiertas.
Contra el inolvidable líder cubano, Fidel Castro, se organizaron 638 intentos de asesinato, aplicando las más disímiles ideas criminales y el pueblo cubano ha sufrido todo tipo de actos terroristas, como el sabotaje al vapor La Coubre, en la bahía habanera (1960), con la pérdida de 101 personas y más de 200 heridos; incendios de objetivos económicos; ataques a embarcaciones pesqueras y el secuestro de pescadores; ataque criminal a Boca de Samá (1971); explosión del avión en Barbados (1976), con 73 pasajeros a bordo; la introducción de enfermedades como el dengue hemorrágico y otras agresiones biológicas.
A los cubanos que aman y defienden su tierra les resulta imposible olvidar el embargo a exportaciones cubanas desde 1960, dando paso al más brutal y cada vez más recrudecido bloqueo económico, financiero y comercial que haya conocido la humanidad, incluyendo el energético, que tantos perjuicios ocasiona en la población actualmente.
Como tampoco las leyes impuestas como la de Ajuste cubano (1966), Torricelli (1992) y Helms Burton en 1996 que, a 30 años de su creación, el secretario de Estado Marco Rubio considera que es el eje de la política de Estados Unidos respecto a Cuba; así como los frecuentes llamados a la subversión, y la creación del programa ZunZuneo (2010) para provocar enfrentamientos ideológicos.
Ahora, cuando el presidente Donald Trump ha reiterado que, tras las agresiones a Venezuela e Irán, Cuba será la siguiente —alentado por su secretario de Estado y otros agresivos y manipuladores anticubanos que consideran a este país como «una dictadura, estado fallido y supuesto patrocinador del terrorismo», entre otras blasfemias—, subestima la capacidad defensiva de este pueblo, cuya rica historia lo enaltece porque, como acentuó José Martí, «…abrir la casa a nuestros enemigos es darnos a ellos, y no librarnos de ellos» y «perdura lo que un pueblo quiere».
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