En la sociedad cubana, donde la Revolución puso en el centro de su proyecto humano a la justicia social y el cuidado de los más vulnerables, resulta paradójico y doloroso observar cómo, en el día a día de Holguín, se ha ido erosionando una de las virtudes más elementales: la sensibilidad hacia nuestros adultos mayores. No se trata de un hecho aislado, sino de una conducta que merece un análisis profundo, pues habla de nosotros como nación y como seres humanos.
Quien recorre las colas de una bodega, una farmacia o un mercado en la ciudad de los parques, puede ser testigo de una escena recurrente: un anciano o una anciana que, con paso lento y cuerpo encorvado, espera su turno mientras a su alrededor se impone la ley del apuro, el empujón o el silencio indiferente.
La cortesía, que en otros tiempos era seña de identidad del cubano, parece haberse extraviado. No se cede el paso, no se ofrece el asiento, no se acelera un trámite para que quien ya apenas puede sostenerse regrese antes a casa. Peor aún: cuando un anciano desorientado pregunta por una dirección o un servicio, muchas veces topa con miradas esquivas o respuestas secas. No ayudamos. Y esa falta de ayuda es más que una descortesía: es una herida en el tejido moral de la comunidad.
Pero este fenómeno no ocurre en el vacío. Tiene raíces profundas en un fenómeno social que el periodismo cubano no puede eludir: la migración. En Holguín, como en otras provincias del país, cientos de familias han visto cómo sus hijos, nietos o sobrinos han emigrado en busca de mejores horizontes económicos. El resultado es una generación de adultos mayores que ha quedado sola, sin amparo familiar directo. No porque sus familiares no los quieran, sino porque las condiciones materiales empujan a la separación. La soledad de estos ancianos no es solo un drama íntimo, es un asunto de política social y, también, de conciencia colectiva.
Ante esta realidad, cabe preguntarnos: ¿qué papel nos toca como sociedad? El Estado cubano, a través del Minsap, la Asistencia Social y los círculos de abuelos, despliega un sistema de protección. Pero ningún sistema, por avanzado que sea, puede suplir el calor humano, la mirada atenta, el gesto solidario en una cola o la palabra amable ante un anciano perdido. La sensibilidad no se decreta: se cultiva en el hogar, en la escuela, en el barrio.
El llamado, pues, es a una reflexión colectiva. No podemos permitir que el estrés cotidiano o la desesperanza nos vuelvan insensibles. Nuestros mayores no son una carga: son la memoria viva de la nación, los que forjaron con su esfuerzo la Cuba que hoy tenemos. Ayudar a un anciano desorientado, cederle el paso en una cola o simplemente preguntarle cómo está, es un acto de resistencia humana y de reafirmación de nuestros valores más genuinos.
Holguín, ciudad de cultura y tradiciones, no puede mirar hacia otro lado. La gratitud se demuestra, sobre todo, cuando duele hacerlo. Y hoy, en cada cola y en cada esquina, duele ver la indiferencia. Cambiemos esa herida por un abrazo.
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