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Aunque la muerte de nuestra mascota es una sombra que nos sobrevuela desde el mismo día que llega a nuestra casa, qué hacer cuando terminan sus días sigue siendo un proceso al que no queremos enfrentarnos y que nos obligará a tomar decisiones. Foto: Archivo/Adobe Stock

El último momento con Marle

Nunca había visto morir a un perro, pero temprano en la mañana ese día tuve que viajar a la ciudad de Las Tunas para una consulta médica y cuando ya salía de mi casa me encontré a mi perra pastora alemán que fallecía víctima de un envenenamiento. Era apenas un adolescente de 14 años, pero nunca se me olvidó ese momento.

Marle, como se llamaba, estaba acostada a un lado del pasillo, casi en la portería de mi casa, en mi natal poblado de Delicias y su respiración era lenta y su mirada nos dolió a mis padres y a mí que éramos los que nos encontrábamos en nuestra casa.

Arquímedes, mi padre, decidió no viajar para darle una sepultura con dignidad a nuestra querida Marle. No dejé de mirarla hasta que me subí al auto que me llevó a la ciudad de Las Tunas.

Sentí dolor porque sabía que estaba muriendo y sus patas se estiraban y no la pude salvar dándole de beber leche para cortarle el veneno.

Marle sabía que algo estaba cambiando en su organismo. Su cuerpo se apagaba poco a poco. Pero su atención no estaba en ella estaba en mí.

Me observaba. Seguía cada movimiento. Buscaba mis ojos. Como si quisiera asegurarse de algo antes de irse.

La Psicología lo explica de una forma que duele. Los perros no piensan «me voy a morir». Piensan, tal vez: «¿vas a estar bien?». Por eso, en sus últimos momentos tu presencia lo es todo.

Y aquí es donde esto se vuelve importante para ti: Especialistas recomiendan tres cosas cuando tu perro está en su etapa final:

-No lo dejes solo. Aunque duela, tú voz y tú olor lo calman más que cualquier medicamento.

-Háblale. Tu tono le transmite seguridad, incluso si ya no puede responder.

-Y, sobre todo, míralo, porque muchos perros se van intentando encontrar tus ojos por última vez. Su cerebro incluso libera oxitocina. La misma que sentía cuando llegabas a casa.

Por eso no siempre hay dolor. A veces hay paz, porque su vida nunca fue para siempre. Fue para acompañarte. Y en ese último momento no está pensando en irse. Está confiando en que vas a estar bien sin él.

Porque un perro no mide su vida en años. La mide en cuánto te amó. Y cuando cierra los ojos no está diciendo adiós. Está diciendo: «Gracias por no dejarme solo». Porque a veces el mayor acto de amor que puedes hacer es quedarte hasta el final, cuando la muerte de tu can es natural y no tan dolorosa como la de mi Marle.

Si tienes o has tenido un perro haz que más personas entiendan esto antes de que sea demasiado tarde.

Y quizás te preguntarás: ¿por qué los seres humanos nos empeñamos en vivir con mascotas y darles todo nuestro amor? Esto tiene una explicación muy sencilla y que apela a nuestro raciocinio más primitivo: el ser humano es un animal gregario, exactamente igual que nuestro mejor amigo del reino animal: el perro. Esto implica que una vez que una mascota se hace común en nuestro día a día: la consideramos parte de nuestro círculo más estrecho, es decir, parte de la familia.

Jamás volví a ponerle Marle a otra perra ni he vuelto a tener otra pastora alemana, como aquella  hermosa mascota, que me alegró tanto mis años de adolescencia, en aquel pueblo con olor a salitre y al melao de caña del ingenio azucarero de Delicias.

José Miguel Ávila Pérez
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