Laura Ruiz, poetisa cubana

Laura Ruiz y la seda del agua

Debo a mi amigo Reynaldo González, o para decirlo mejor, a esa bella y esmerada revista literaria fundada y dirigida por él, La Siempreviva, el descubrimiento de la poesía de Laura Ruiz Montes (Matanzas,1966), a cuya sombra tengo, desde entonces —aparte de una amistad que acompaña y reconforta—, la fortuna de seguir los pasos a una de las voces más briosas, constantes y concentradas de la poesía cubana de las últimas décadas —títulos como «El camino sobre las aguas», «A qué país volver», «Otro retorno al país natal» y «Diapositivas» así lo confirman—.

Fue en el número cuatro (junio de 2008) de la publicación ya referida, donde un cuarteto de poemas me reveló el cruce de agudeza y albor que distingue el mundo poético de su autora —en especial recuerdo «Costuras», casi un muy breve relato de delicada intensidad («si fuéramos dos clérigos pobres que saben latín… /clérigos sin país ni identidad, si estuviéramos juntas en la misma celda…»)—, mundo poético en el que se trenzan no pocas y muy bien llevadas resonancias de alto linaje, testimonio por lo demás de saber y pasión: Sor Juana Inés de la Cruz, Dulce María Loynaz, Alejandra Pizarnik…

La reciente publicación de «Agua en canasta», bajo el sello de Ediciones Matanzas, trae una vez más la constancia de Laura, pero ahora hay una peculiaridad que surge con ímpetu: en esas páginas la poesía no está a la sombra de las maneras habituales que distinguen sus libros anteriores (la hechura del verso libre que extiende sus mil y una posibilidades), sino de un hábitat más bien fijado en un «constructo narrativo», hecho que viene a recordarnos, para decirlo con palabras de Octavio Paz, que «el poeta pone en libertad su materia», aseveración anidada en esta circunstancia.

Tres secciones conforman el libro: «Pan de infancia», «Con tenedores y esperanza», e «Islas, aldeas y expediciones», precedido el tríptico por un pasaje («Converse all star») para adentrarse en el conjunto: se trata de una presentación en la que se revela una intimidad que gravita sobre lo aleatorio de la expresión escogida —la ocasión de cada día en un ritornelo tan punzante como inexcusable— de lo que la autora bien deslinda: «Cuando la duda me distrae y aún no me vence el sueño empiezo nuevamente a detallar»… Es así como los detalles son las puntadas de este tapiz en tres partes.

En la primera, la cita de Paul Theroux que abre —vale recordar: coautor de «Retorno a la Patagonia» junto al legendario Bruce Chatwin, peregrino de estirpe— es el mejor anfitrión: «Uno viene de una familia, como de una tierra lejana». Ocho textos —poemas o breves y sutiles narraciones, la clasificación no es concluyente: puertas abiertas—, que distinguen un retorno a esa lejanía extrema y plausible que es la familia; pero no se trata de una vuelta a manera de recuento, sino más bien de un recorrido que se adentra, paso a paso, en los resquicios más impensados de la evocación que allí se afirma.

Son ocho en ascenso dramático eficazmente ensamblado desde la ojeada digna de un bodegón pintado por los maestros flamencos del siglo XVII en «Trabajos de amor ¿perdidos?», pasando por el conmovedor retrato de la madre en sus años jóvenes que entrega «Arábigo» (una de las joyas de esta corona), hasta la captura muy cinematográfica, vistazo expresivo que recuerda al cine documental cubano de los años sesenta, en «Desenlaces», descubren ese «Pan de infancia» («Lo acariciábamos con suavidad»…»Toda la familia comía bocados pequeños»), cual vigorosa y afilada remembranza.

El candor que mantiene con mesura la primera sección, da paso a los siete que conforman la segunda —la inscripción de Lewis Carrol bien avisa: «Lo buscaron con dedales, lo buscaron con cuidado; lo persiguieron con tenedores y esperanza» —, iniciación en las sacudidas de lo que Cesare Pavese llamara ‘El oficio de vivir’ —vale lo que aquel apuntara en ese, su libro mayor: «Todas las cosas que nos han sucedido son de una riqueza inagotable: todo retorno a ellas las aumenta y ensancha, las dota de relaciones y las profundiza». Laura convierte la máxima del italiano en columna rostral de su escritura.

Si en la primera, se despliega la infancia con repasos y sensaciones, en la segunda, cada uno de sus siete poemas se asemeja a los componentes de una disección muy estricta, para entregar un bosquejo que configura el retrato de los años jóvenes en una biografía poética, asentada en lo que Carlo Emilio Gadda titulara en notoria novela suya «El conocimiento del dolor»; en ese orden, «La palabra estómago» se alza con ímpetu: «Mi padre, para que mi hija creciera fuerte, a veces traía a casa un trozo de carne prohibida. La envolvía cuidadosamente entre varios paños y la colocaba pegada a su estómago…»

La tercera trae siete textos, miradas con parejas solicitudes de energía y luminosidad, un despliegue de perspectivas que logra afianzar fragmentos de portales, aldeas y claridades, a la sombra de un verso, o el redescubrimiento de un pájaro perdido en las lejanías de Nueva Zelanda (ambos, «Memorias de otras aldeas» y «Lección de Ornitología», se distinguen por su cuidado de delicada recordación), y todo arropado por el epígrafe de Louise Glück en el umbral de ese último conjunto: «El mundo es muy grande. Después el mundo era pequeño (…) tan pequeño como para caber en un cerebro».

Ajena a mutabilidades tan frecuentes en la construcción poética de los días que corren, sinónimo de falsedad envuelta en novedades, Laura puede hacer muy suya la sentencia que palpita en el ensayo ‘El poeta y el tiempo’, de Marina Tsvietáieva: «El peor de los autores: la moda». En esa tercera sección, aparte de los dos poemas ya advertidos, hay —y en los otros cinco— una constancia por fijar los límites del mundo, como una cartografía verbal que crece con el deslinde de emociones sabiamente atemperadas, a la manera de quien navega por mares insondables sin olvidar lo más mínimo del derrotero.

Resulta imprescindible apuntar que no solamente en el ya mencionado «Arábigo», sino también en otros poemas del libro —como por ejemplo «Los milagros», «Aprendizaje (rutas amerindias)» y «Peras al olmo»—, pueden encontrarse no pocas huellas del deslumbramiento que hay en los «Diarios de Campaña de José Martí», a la hora de la soledad, el paisaje y el dolor, tríptico que ampara las líneas del poeta. «La lluvia de la noche, el fango (…) la caricia del agua que corre: la seda del agua», anotaba Martí, y como un reclamo de contenida emoción llegan para reafirmarlo Laura Ruiz y la seda del agua.

Eugenio Marrón Casanova
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