José Raúl Capablanca, ajedrez,
Foto: Tomada del elvoceronews.com/Archivo

Capablanca, la sencillez del genio (+Video)

La noticia de su muerte, ocurrida en la madrugada del ocho de marzo de 1942 en el Mount Sinai Hospital de Nueva York, conmovió al mundo, pero para Cuba fue como si una de sus columnas más importantes se hubiera derrumbado. José Raúl Capablanca y Graupera había partido a los 53 años, víctima de una hemorragia cerebral, y con él se iba el hombre que había enseñado al planeta que la inteligencia también podía tener acento caribeño.

Pero hablar solo de su muerte sería una pobre despedida para quien fue, ante todo, un símbolo de vida y genialidad. Había nacido en La Habana en 1888, y la leyenda contaba que aprendió a mover las piezas a los cuatro años, simplemente observando a su padre. No hubo manuales ni estudios forzados: el ajedrez fluía en él con la naturalidad con que otros respiran. A los 13 años ya era campeón de Cuba, un título que parecía menor para un muchacho que pronto comenzaría a asombrar al mundo.

Su trayectoria fue un prodigio de consistencia. Entre 1916 y 1924, en plena madurez, sostuvo una racha invicta que aún hoy asombra a los historiadores. Era un jugador de una claridad deslumbrante; sus colegas lo llamaban “la máquina de ajedrez”, pero en realidad su secreto era la simplicidad. Veía la jugada justa, la que desnudaba la debilidad del rival sin aspavientos. En 1921, en La Habana, destronó al alemán Emanuel Lasker, quien había sido campeón mundial durante 27 años. Cuba entera vibró: un hijo de la isla era el rey del intelecto en un mundo que entonces miraba a Europa como única cuna de la alta cultura internacional.

Su reinado se extendió hasta 1927, cuando perdió el título ante Alexander Alekhine en Buenos Aires, en un duelo que siempre estuvo rodeado de polémica y que muchos atribuyeron a su escasa preparación física. Pero Capablanca, lejos de hundirse en la nostalgia del título perdido, siguió siendo Capablanca. Continuó ganando torneos, enamorando a las audiencias con su estilo y demostrando que un excampeón podía ser tan grande como el monarca vigente.

Para Cuba, su figura trascendió lo deportivo. Capablanca fue la prueba de que desde el trópico se podía conquistar la cumbre del deporte ciencia. En una isla pequeña, con apenas medio siglo de vida republicana, su nombre se convirtió en orgullo nacional, en estandarte de lo que podía alcanzar el talento criollo cuando se asomaba al mundo sin complejos.

Cuando la muerte lo sorprendió en el Manhattan Chess Club, observando una partida como un aficionado más, el ajedrez perdió a su jugador más natural. Pero su legado no cabía en un ataúd. Quedaban sus partidas, sí, pero también la huella imborrable de un hombre que, con la sencillez de los genios, demostró que la inteligencia no entiende de fronteras. Su cuerpo regresó a La Habana para recibir sepultura, pero su nombre ya era eterno en cada rincón del mundo donde alguien, al sentarse ante un tablero, sueña con jugar con la claridad de Capablanca.