Cada 5 de marzo, desde aquella conferencia internacional celebrada en Austria en 1998, el mundo reflexiona sobre un concepto que va mucho más allá de apagar una bombilla: la eficiencia energética. No se trata, como a veces se malinterpreta, de renunciar al confort o retroceder en calidad de vida, sino de optimizar los recursos, diversificar las fuentes y, sobre todo, tomar conciencia de que la energía que despilfarramos hoy es un pedazo del futuro que le robamos a las próximas generaciones.
Cuba no es una isla ajena a esta realidad. Al contrario: quizás por las propias limitaciones que ha enfrentado históricamente, el tema energético se ha vuelto una preocupación cotidiana para millones de cubanos. Los prolongados apagones que sufren en los hogares, instituciones sanitarias, empresas y comercios no son una simple molestia; son un síntoma profundo de una crisis multidimensional que afecta la economía y pone a prueba diariamente la resistencia del pueblo.
Cada hora sin electricidad equivale a producciones perdidas, alimentos que se echan a perder, estudios interrumpidos, servicios de salud limitados y una vida cotidiana sometida a un estrés permanente. Detrás de cada molesto apagón, se entrelazan factores estructurales, un bloqueo financiero que dificulta el acceso a tecnologías y repuestos, y una compleja estrategia de recuperación que, aunque avanza, no logra aún revertir del todo los efectos negativos en la vida de las personas.
El ministro de Energía y Minas, Vicente de la O Levy, reconocía al cierre de 2025 que el año había sido extremadamente complejo, marcado por la escasez de combustible más aguda que se recuerde. Y es que, aunque el Sistema Eléctrico Nacional dispone técnicamente de más de 3 200 MW de capacidad instalada, alrededor de 1 000 MW de generación distribuida permanecen fuera por falta de combustible. La causa fundamental, según sus propias palabras, es financiera.
Pero el panorama no es solo de sombras. En los últimos años, el país ha dado pasos significativos para cambiar el rumbo. La apuesta por las fuentes renovables de energía ha dejado de ser un discurso para convertirse en una política con metas concretas. El pasado 2025 concluyó con la incorporación de 1 000 MW a través de parques solares fotovoltaicos, distribuidos en más de treinta instalaciones que ya funcionan en varias provincias.
La colaboración internacional ha sido clave en este despegue. Países como China y Vietnam han apostado por donativos y proyectos conjuntos, convencidos de que la vía para la independencia energética de Cuba pasa por las renovables. China, por ejemplo, donó sistemas solares para viviendas tras el paso del huracán Melissa y ha financiado parques completos. Vietnam puso en diciembre la piedra fundacional para cuatro parques fotovoltaicos de 20 MW cada uno, que deben concluir en los próximos meses.
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Sin embargo, el verdadero salto no vendrá solo de la tecnología. Por más paneles solares que instalemos, si no logramos un cambio cultural profundo en la forma en que concebimos y usamos la energía, estaremos remando contra la corriente. La eficiencia energética no es un asunto exclusivo de ingenieros o funcionarios: es un hábito que debe impregnar cada hogar, cada centro de trabajo, cada escuela. Apagar la luz que no hace falta, desconectar equipos en stand-by, exigir en la calle que los espacios públicos no derrochen electricidad. Son gestos pequeños, pero multiplicados por cada cubano, pueden marcar una diferencia enorme.
El ministro insistía en que la transición energética requiere tiempo y la necesaria participación de todos. De ahí que se hayan dictado normas que obligan a las empresas a que en tres años al menos el 50 % de su consumo provenga de fuentes renovables, y funcionan ya los consejos energéticos en provincias y municipios para planificar y controlar el consumo.
En este 2026, las perspectivas son de una ligera mejoría, pero sin triunfalismos. El Plan de la Economía prevé una disminución de las afectaciones respecto a 2025, aunque el propio ministro advertía que no se alcanzará el cero apagones, y que aún queda camino por recorrer. Pero el déficit financiero persiste, y mientras no se resuelva, la dependencia de los combustibles importados seguirá siendo un talón de Aquiles.
En este 5 de marzo, mientras el mundo hace balances y propuestas, Cuba tiene ante sí una oportunidad histórica. No se trata solo de sobrevivir a los apagones o de cumplir metas de generación. Se trata de construir un modelo energético más justo, más limpio y más sostenible, que nos haga menos vulnerables a las crisis externas y más responsables con el planeta que habitamos. Porque la eficiencia, bien entendida, no es privación: es inteligencia. Y en estos tiempos, ser inteligentes con la energía es, sencillamente, imprescindible.
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