Muchos años después, aquella niña recordaría todavía la tarde en que la radio se detuvo. Vivía con sus abuelos en un central azucarero de Oriente, en una casa de madera y tejas que olía a café y a jazmines. Allí, en la sala, presidiendo la estancia como un altar, estaba el radio RCA Victor, un mueble de madera oscura con diales de luz amarilla que por las noches parecían ojos de gato, donde pronto el el Bárbaro del Ritmo sería centro de una noticia triste.
La abuela cosía sentada en su sillón de mimbre, moviendo la aguja con esa cadencia que solo tienen las manos acostumbradas al trabajo. La niña, tendida en el piso de cemento rojo, intentaba hacer las sumas de la escuela, pero su atención navegaba sin rumbo, mecida por la música que salía del altavoz.
Era una tarde como tantas, de esas que se repiten sin aviso hasta que algo las rompe para siempre. La música sonaba, un son, una guaracha, quizá el propio Benny, que entonces sonaba tantas veces sin que nadie dijera su nombre, como si fuera el aire mismo.Y de repente, el silencio. No un silencio suave, de final de canción, sino un tajo seco, como cuando se va la luz y todo queda a oscuras. La niña levantó la vista y vio a su abuela inmóvil, la aguja suspendida en el aire, los ojos fijos en el radio. Luego, la voz del locutor atravesó la penumbra, grave, rota: «Atención, Cuba… Ha muerto Benny Moré».
Bartolomé Maximiliano Moré Gutiérrez, el Bárbaro del Ritmo, había muerto en La Habana a los cuarenta y tres años. La misma edad que tenía entonces el tío mayor de la niña, el que trabajaba en el central y llegaba a casa con el rostro cubierto de polvo de caña. Le pareció increíble que alguien que cantaba con esa fuerza, con ese desgarro que parecía alegría y tristeza al mismo tiempo, pudiera irse tan pronto.
En la radio empezaron a pasar una tras otra sus canciones, y entonces comprendió, con esa claridad repentina que a veces tienen los niños, lo que su abuela ya sabía: que la música de Benny no era simplemente música, era la trama invisible de sus vidas.
Sonó «Como fue», y recordó los domingos en que su padre, antes de irse a trabajar al central, la silbaba mientras se afeitaba frente al espejo roto del patio. Sonó «Hoy como ayer», y su abuela, todavía de pie junto al radio, dejó escapar un suspiro hondo, de esos que guardan años enteros, de esos que no necesitan palabras. Sonó «Yiri yiri bon», y hasta ella, siendo apenas una niña, sintió un cosquilleo en los pies, porque esa era la magia de Benny, la de meterse en la sangre sin pedir permiso, la de hacer que cualquiera, en cualquier lugar, necesitara moverse.
La noticia corrió por el batey como un río desbordado. Los vecinos salieron a las puertas, se asomaron a los portales, y en lugar de hablar, se miraron en silencio, como si compartieran un duelo que no necesitaba ser explicado. Era como si se hubiera ido un familiar lejano, de esos que nunca se ven pero se saben ahí, haciendo más ancho el mundo, más habitable la distancia. Benny Moré era eso: un hombre que, sin conocer a nadie, conocía a todos.
Había nacido en Santa Isabel de las Lajas, un pueblo perdido en el centro de la isla, y había recorrido medio mundo con su voz, pero jamás perdió el acento de la tierra, el son montuno, la guajira, el feeling que solo se aprende cuando se ha crecido entre palmas y cañaverales.
Se decía que era capaz de cantar cualquier cosa, que improvisaba como si las canciones hubieran estado siempre esperando a que él las encontrara. Y cuando dirigía su Banda Gigante, esa orquesta de más de cuarenta músicos, lo hacía sin partitura, de memoria, con una batuta imaginaria que llevaba en el alma. Por eso, cuando murió, no fue solo un cantante el que se fue. Fue un pedazo de Cuba el que se desprendió de la tierra y se volvió aire.
Esa noche, en el central, nadie puso otro disco. Las emisoras de todo el país dedicaban su programación a el Bárbaro del Ritmo, y la gente escuchaba en silencio, como si estuviera en un velorio colectivo, como si cada canción fuera una vela encendida. Antes de mandarla a la cama, la abuela se sentó junto a la niña y le dijo: «Las personas como Benny no mueren, mijita. Se van de viaje, y a veces, cuando una menos lo espera, vuelven en una canción». La niña no entendió bien entonces aquellas palabras, pero las guardó en algún lugar de la memoria, sin saber que con los años volverían una y otra vez.
El tiempo pasó, como pasa siempre, llevándose cosas y trayendo otras. La niña creció, el central cambió, la casa de madera ya no está, y el radio RCA Victor es apenas un recuerdo en la memoria de los viejos. Pero cada 19 de febrero, cuando alguien enciende la radio y suena Benny, algo se detiene.
Una mujer, ya entrada en años, cierra los ojos y vuelve a esa tarde de 1963, a la sala en penumbras, al gesto de su abuela apagando el fogón. Y entonces entiende, por fin, lo que aquellas palabras querían decir: que el Bárbaro del Ritmo no se fue del todo. Que se quedó en el aire, esperando a que alguien, en cualquier rincón de la isla, encienda la radio y lo vuelva a traer. Porque mientras haya un cubano con memoria, mientras haya una canción que suene en una casa cualquiera, Benny Moré seguirá cantando. Y Cuba, aunque a veces lo olvide, seguirá siendo un poco más Cuba gracias a él.
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