Al Museo Provincial La Periquera, en el corazón de Holguín, llegan hoy muchos enamorados preguntando por la leyenda de dos amantes que yacen abrazados en sus túneles, unidos a pesar de la muerte.
La historia, arraigada en la memoria de la ciudad, se remonta a los tiempos en que la edificación fungía como sede del gobierno provincial al mando de Don Agustín Peláez, quien aparecía del brazo de su joven esposa, Ana Sánchez Roblejo de Peláez.
Los relatos, recogidos en pinturas y piezas de arte, narran que en las mañanas Ana se asomaba al balcón para contemplar la Plaza de Armas y agraciar con su belleza el paso del cuerpo de voluntarios; fue entonces cuando conoció al oficial Serafín Irioste.
Ella regresaba cada día al balcón, sostenía un diálogo silencioso desde lo alto del edificio y, en las noches, asistía a las misas en la Iglesia San José, donde el párroco era amigo cercano y guía espiritual de la familia.
Allí demoraba horas a la luz de las velas, y en realidad se escapaba por una pequeña escalera que conducía a un corredor subterráneo que conectaba la urbe.
El gran túnel servía de aljibe a las iglesias de San José y San Isidoro, al Cuartel del Ejército Español y finalmente enlazaba con la Loma de la Cruz, creando un pasaje bajo tierra de más de un kilómetro por la casa consistorial, donde Ana y Serafín hallaron su refugio.
Los amantes se encontraban allí, cuenta la tradición oral, y consagraban su romance bajo los suelos de la propia casa, hasta que una noche una alarma de incendios agitó la localidad y se abrieron las compuertas para desviar las aguas del río Marañón.
La alarma resultó falsa, pero cuando se liberaron las entradas del aljibe, los soldados españoles liderados por Don Agustín hallaron los cuerpos de Ana y Serafín abrazados, ya sin vida.
Algunas teorías sostienen que la alarma fue una trampa urdida por quien sospechaba del amorío y decidió castigar la traición; otras afirman que resultó un infortunio que cerró la historia con tragedia.

A Serafín lo enterraron con honores por ser militar español, mientras que a Ana la sepultaron en las laderas de La Loma de la Cruz, cruelmente cerca de la entrada del pasadizo, con una lápida que rezaba: “A Doña Ana Sánchez Roblejo, que pudo morir en su lecho llena de virtudes y murió sin honra, en el túnel de La Periquera”.
Marlene Martínez Pupo, historiadora y museóloga con más de dos décadas de trabajo en el Museo, narró a la Agencia Cubana de Noticias que, aunque el mito permanece en la memoria popular, no existen pruebas concluyentes de que haya sucedido, aunque se transmite de generación en generación.
En 1980 un equipo arqueológico nacional realizó excavaciones en el punto señalado por la tradición, pero solo encontró un pequeño sótano lleno de agua, lo que sugiere que la galería bajo La Periquera nunca existió o desapareció con las obras de pavimentación de la ciudad en las primeras décadas del siglo XX.
A pesar de ello, cada año los holguineros y visitantes llegan al museo preguntando por la leyenda romántica de los túneles, asegura la especialista.
Los pobladores cuentan que todavía se escuchan risas y voces de amor cuando alguien se asoma por La Periquera y, en ocasiones, se distingue la silueta de Doña Ana en el balcón, buscando con la mirada al oficial Serafín.
Con información de María Karla Lam González/Agencia Cubana de Noticias
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