En un planeta marcado por guerras prolongadas, tensiones geopolíticas crecientes y amenazas cada vez más explícitas entre potencias, reflexionar sobre la paz deja de ser un ideal abstracto para convertirse en una urgencia histórica.
Paz, palabra de tres letras que encierra el significado del bien común, la coexistencia pacífica y la armonía, tal vez ha dejado de ser una prioridad en el mundo.
Los conflictos armados, las sanciones económicas, el uso de la fuerza como mecanismo de presión y la imposición de agendas hegemónicas evidencian una profunda crisis del diálogo y del respeto al derecho internacional.
En este contexto, resulta especialmente preocupante la postura de Estados Unidos, cuyas amenazas políticas, económicas y militares continúan generando inestabilidad en diversas regiones del planeta.
América Latina y el Caribe, declarados Zona de Paz por la CELAC en 2014, no han escapado a estas tensiones. A pesar de su compromiso con la solución pacífica de las controversias, la no intervención y la autodeterminación de los pueblos, la región se ve hoy acechada por políticas injerencistas, presiones diplomáticas y mecanismos de coerción que atentan contra su soberanía.
Llaman liberación a la intervención, llaman diplomacia al control de una nación, llaman paz al sometimiento absoluto de un pueblo. Esta realidad pone en evidencia una contradicción profunda: mientras los pueblos latinoamericanos apuestan por la paz, la cooperación y la integración regional, persisten amenazas externas que buscan fracturar esa voluntad colectiva.
¿Y qué hacen las organizaciones mundiales ante tantos problemas y guerras que están llevando a la muerte a miles de personas? ¿Y la ONU, encargada de mantener el equilibrio, promover la paz y el bien común? Aunque fue creada para garantizar la seguridad colectiva, en la práctica ha demostrado limitaciones estructurales, marcadas por el poder de veto de las grandes potencias y por una selectividad que convierte la justicia internacional en un ejercicio desigual. Su inacción frente a este escenario refuerza la sensación de desprotección y el descrédito del sistema internacional.
Hay una frase que dice: «Contemplar un crimen en calma es también cometerlo», porque no es solo responsable quien hace la guerra, sino también quien permite que ocurra. La paz no se impone por la fuerza ni se garantiza mediante el miedo o la dominación, se construye desde el reconocimiento del otro, el respeto a la diversidad política y cultural y la defensa firme de la soberanía de los pueblos.
En un escenario mundial tan convulso, defender la coexistencia pacífica es, hoy más que nunca, un acto de responsabilidad ética, política y humana.
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