En un escenario regional convulso, la administración Trump ha declarado una nueva y agresiva fase de su política de «máxima presión» contra Cuba, centrada explícitamente en estrangular el suministro energético de la isla. Esta estrategia, descrita por analistas como la búsqueda del «punto de estrangulamiento» del país, aprovecha una coyuntura de profunda vulnerabilidad pero choca contra la histórica resistencia cubana y complejas realidades geopolíticas.
El presidente Donald Trump ha sido directo. Tras afirmar que «Cuba está lista para caer», advirtió: «No habrá más petróleo ni dinero para Cuba. ¡Cero!», exigiendo al presidente , Miguel Díaz-Canel Bermúdez, que «llegue a un acuerdo antes de que sea demasiado tarde». La respuesta del gobierno cubano ha sido un firme rechazo a negociar bajo coerción. El canciller Bruno Rodríguez articuló esta postura, defendiendo el derecho soberano de la isla a comerciar libremente, marcando así el momento de mayor tensión bilateral en décadas.
El núcleo de la presión: la dependencia energética
La estrategia estadounidense explota la crítica dependencia energética de Cuba. La isla necesita unos 110 mil barriles diarios para funcionar con normalidad, pero su producción nacional apenas cubre 40 mil, dependiendo en más de un 60 por ciento de importaciones. Esta vulnerabilidad se ha agravado por la drástica reducción de los envíos desde Venezuela, que pasaron de unos 100 mil barriles diarios en el pasado a un promedio de solo 27 mil a 30 mil en 2025, flujo ahora completamente interrumpido. Ante esto, México se ha convertido en el principal abastecedor externo, con envíos que promediaron 17 mil 200 barriles diarios el año pasado.
La guerra energética busca generar inestabilidad económica y social. Su efecto más lacerante es el posible colapso del Sistema Eléctrico Nacional. Cada día, el déficit de generación supera con frecuencia los 1,9 mil MW, forzando cortes rotativos que en muchas provincias se extienden entre 8 y más de 20 horas diarias. Esta situación paraliza la producción industrial, afecta la entrega y producción de alimentos y medicinas, a la par que impacta en los servicios básicos, poniendo al límite a una economía ya golpeada por una inflación galopante y una contracción del PIB superior al cuatro por ciento.
Si bien la táctica de Trump, un modus operandi de puro «garrote» sin «zanahoria», lleva la guerra económica de seis décadas a un nivel táctico sin precedentes, la consideración de una escalada militar, que, aunque factible, conlleva riesgos enormes para Washington: enfrentaría una feroz resistencia organizada bajo la concepción cubana de «Guerra de Todo el Pueblo», dañaría irreversiblemente la imagen de EE.UU. en América Latina al revivir la narrativa del «imperialismo yanqui», y podría impulsar a Cuba a forjar alianzas estratégicas con otros rivales de Washington, aumentando su influencia en el hemisferio.
La relación bilateral está marcada por intervenciones pasadas y fracasos como Bahía de Cochinos (1961). Para La Habana, la amenaza de invasión ha sido una constante durante más de 60 años, una historia que nutre su narrativa de resistencia y a través de la cual se interpreta cualquier acción estadounidense. Así, la actual guerra económica se enmarca en un conflicto histórico donde la presión extrema y la capacidad de resistencia vuelven a ponerse a prueba. Mientras Washington aprieta el nudo del bloqueo buscando un punto de quiebre, los cubanos nos aferramos a nuestra soberanía como principio innegociable.
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