Jesús Menéndez

La herencia indomable de Jesús Menéndez, líder azucarero de Cuba

La madrugada del 22 de enero de 1948 aún estaba cargada de rocío cuando el tren detuvo su marcha en la estación de Manzanillo. Allí, entre el vapor y el hierro, la historia de Cuba perdió una de sus voces más potentes y claras. Jesús Menéndez, el General de las Cañas, cayó asesinado por un disparo cobarde del capitán de la Guardia Rural Joaquín Casillas Lumpuy. La orden había venido de más arriba, del gobierno temeroso de un hombre que, con sólo 36 años, había convertido la lucha obrera en un torrente imparable.

Su vida comenzó en la pobreza más genuina de Cuba, en Encrucijada. Huérfano de madre, niño trabajador, machetero a los 14 años, su escuela fue el batey y la zafra. De esos surcos de sudor y caña brotó, no el resentimiento, sino una conciencia férrea. Con apenas 16 años ya estaba en los trenes cargados de caña, y a los 18 purgaba azúcar en el central Constancia. Pero su destino no era sólo trabajar; era organizar. En 1929, con 18 años, fue electo Secretario General de los trabajadores de su central, y desde allí comenzó a plantar batalla, primero contra la dictadura de Machado y luego contra todas las injusticias.

Su ingreso al Partido Unión Revolucionaria Comunista fue el paso natural de un espíritu indoblegable. Fundó la Liga Juvenil, organizó a los obreros con una tenacidad que parecía de acero, y junto a Lázaro Peña, fue piedra fundacional de la CTC. Su lucha no era abstracta; era concreta, medible en millones de dólares arrancados a la oligarquía para los bolsillos de los trabajadores: 631 millones en apenas siete años. De sus manos nacieron conquistas que cambiaron la vida de los cubanos más humildes: el diferencial azucarero, que inyectaba riqueza al país; la Caja de Retiro para los azucareros; las vacaciones pagadas; el derecho a la maternidad para las esposas de los obreros. Él fue quien les dio descanso y dignidad.

Pero su mayor pecado, a ojos del poder, fue su verticalidad antimperialista. Cuando el Congreso de Estados Unidos quiso lesionar la cuota azucarera cubana, Menéndez no se inclinó. Se plantó y proclamó que Cuba no aceptaría la humillación. Eso selló su sentencia. En la política de la Guerra Fría incipiente, un líder tan amado y tan firme era un peligro.

Su sepelio fue un río humano, un duelo popular que mostró el hueco que dejaba. Hoy, a más de siete décadas de aquel disparo en la estación, Jesús Menéndez no es una efeméride lejana. Es el símbolo de que la justicia se conquista con las manos callosas y la frente alta. Su sueño de un país dueño de su azúcar y de su destino, donde el trabajador fuera respetado, late en el corazón de la obra revolucionaria. El General de las Cañas, el hijo de tablas de palma que desafió a imperios, sigue cabalgando en la memoria, no como un fantasma, sino como una promesa siempre viva de lucha y dignidad.