El teatro cubano y el grito de libertad

La Cuba de 1869 respiraba un aire de inquietud. Tres meses antes, en el ingenio La Demajagua, Carlos Manuel de Céspedes había proclamado el inicio de la lucha por la independencia. Desde entonces, las nuevas ideas revolucionarias se extendían por el territorio y desvelaban a las autoridades coloniales, decididas a sofocarlas sin titubeos.

En La Habana, donde se concentraban las principales figuras civiles y militares de la colonia, resultaba difícil para los independentistas actuar con la misma libertad que en otras regiones del país. Aun así, en la antigua Villa de San Cristóbal se organizaban pequeños grupos de criollos inconformes, que en un principio solo exigían reformas al gobierno español, aunque poco a poco muchos de ellos abrazaron el ideal independentista.

El desdén peninsular ante las demandas criollas no hizo más que alimentar la llama revolucionaria. La represión aumentó con la creación de nuevos cuerpos de voluntarios, encargados de vigilar, castigar y atemorizar a todo aquel sospechoso de simpatizar con la causa cubana. En esa atmósfera asfixiante, la justicia era una palabra hueca en boca de quienes gobernaban.

Pero ni siquiera el arte permaneció indiferente al dramatismo de la época. El teatro, fiel reflejo de la realidad social, también se convirtió en tribuna del anhelo de libertad. El 22 de enero de 1869, en el Teatro Villanueva de La Habana, ese espíritu se expresó con fuerza.

La víspera, un «¡Viva Céspedes!» había alarmado a las autoridades. Al día siguiente, un ambiente de fervor patriótico llenó el teatro, adornado con banderas cubanas y mujeres vestidas con los colores de la Patria. Aquella noche se representaba la obra bufa Perro huevero, aunque le quemen el hocico. Aunque su argumento era ligero y costumbrista, el público interpretó la función como un gesto de simpatía hacia la causa independentista.

En medio del entusiasmo, uno de los actores exclamó: «¡Viva la tierra que produce la caña!», y los asistentes respondieron con vítores que pidieron abiertamente la libertad de Cuba. El eco de esos gritos provocó la intervención inmediata de los voluntarios armados, quienes irrumpieron en el teatro y atacaron brutalmente a los presentes. El saldo fue de tres muertos y varios heridos, además de una multa de 200 mil pesos impuesta al empresario José Nins Pons por haber permitido «actos sediciosos».

El suceso impactó hondamente a la sociedad cubana. Entre los testigos de aquella tragedia se encontraba un joven José Martí, que años después evocaría la escena en sus Versos sencillos, aludiendo al dolor de aquella noche sangrienta.

Desde 1980, en memoria de ese hecho que unió arte y patriotismo, el 22 de enero se celebra en Cuba el Día del Teatro cubano, homenaje a quienes se valieron del escenario para gritar libertad en tiempos de represión.