Los primeros compases del año 2026 han dejado al desnudo, con una crudeza singular, los mecanismos clásicos y renovados del imperialismo estadounidense. La administración de Donald Trump ha ejecutado en pocas semanas un guion que combina la agresión militar flagrante con la opacidad y la manipulación doméstica, confirmando que su política es un todo coherente orientado a la dominación y a la evasión de toda rendición de cuentas.
El secuestro, mediante una operación militar disfrazada, del presidente constitucional de Venezuela, Nicolás Maduro, constituye un acto de guerra y un crimen internacional. No es un evento aislado, sino la punta de lanza de una doctrina que proclama sin rubor que «el Hemisferio Occidental es nuestro», amenaza a Irán y revive ambiciones coloniales de compra de territorios.
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Para Cuba, esta escalada es la confirmación tangible de una amenaza permanente. El bloqueo genocida, el principal pilar de esta agresión por más de seis décadas, se complementa ahora con acciones de fuerza bruta contra naciones hermanas. Nuestra solidaridad con Venezuela es, por tanto, un acto de legítima defensa y de principios ante un enemigo que no se detiene.
Paralelamente, el manejo del escándalo de los archivos de Jeffrey Epstein revela la otra cara de la misa moneda: la profunda inmoralidad e hipocresía de esa élite de poder. La publicación controlada, censurada y tardía de documentos ordenada por el Departamento de Justicia de Trump ha intentado, sin éxito, enterrar gravísimas acusaciones que vinculan al propio mandatario con redes de abuso sexual. Testimonios en los archivos apuntan a viajes en el «Lolita Express», reclutamiento de víctimas en su propiedad de Mar-a-Lago y alegatos de agresión sexual.
La estrategia de la Casa Blanca ha sido triple: negar, desacreditar y, sobre todo, distraer. Al tildar el caso de «mera distracción» y lanzar ofensivas militares en el exterior, Trump busca crear una cortina de humo bélica para sofocar los escándalos que corroen su autoridad moral. La conexión es funcional y evidente: se proyecta una falsa imagen de fortaleza en el ámbito internacional mientras se ejerce la más opaca opacidad para proteger a los poderosos en el ámbito doméstico.
Para Cuba, este análisis no es teórico. Es la constatación de la esencia «unchanged» del imperialismo, que solo recrudece sus métodos.
La lección es clara: las agresiones externas a Venezuela y las campañas de intoxicación mediática del caso Epstein son dos herramientas de un mismo manual para dominar el ciclo noticioso, desgastar a las naciones soberanas y evadir el escrutinio interno.
Cierto es que la doble moral de los Estados Unidos es sistémica y se viola la soberanía de los pueblos mientras se protege la impunidad de las élites depredadoras.
Frente a esta ofensiva multidimensional, la respuesta de la Revolución cubana debe ser y es la de siempre: unidad inquebrantable, firmeza ideológica y solidaridad internacional activa. No nos dejaremos confundir por las cortinas de humo. Denunciar la hipocresía del gobierno de Trump y su patrón de agresión es un deber periodístico y un acto de defensa de la verdad y de todos los pueblos que luchan por su soberanía.
La historia nos ha enseñado a reconocer al enemigo. Hoy, más alerta que nunca, Cuba sigue en pie de lucha.
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