Si imaginamos el escenario internacional como un complejo tablero de ajedrez, veremos que las potencias ejercen sus movimientos con fría estrategia, mientras las naciones del Sur Global defienden, con inteligencia y dignidad, su derecho a existir como jugadores y no como meras casillas a dominar.
La partida actual en Nuestra América tiene una casilla en llamas: Venezuela, y su desarrollo define el equilibrio de todo el hemisferio.
En este juego, Estados Unidos se erige como el jugador que pretende dictar las reglas, moviendo sus piezas con una mezcla de fuerza bruta y presión económica. Su jugada más reciente —una intervención militar bajo pretextos ya desgastados— captura material en el tablero, pero desestabiliza por completo el juego. Sin embargo, esta acción no es un jaque mate; es, más bien, una jugada arriesgada que ignora la capacidad de resistencia de los pueblos y la complejidad de la región.
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Frente a esta ofensiva, Rusia y China responden con movimientos de largo alcance y profundidad estratégica. La primera, ejerciendo su rol en el Consejo de Seguridad y ratificando alianzas, defiende el derecho internacional con firmeza verbal. La segunda, mediante inversiones y lazos comerciales, consolida una presencia que desafía el monopolio económico tradicional. Ambas defienden, desde sus respectivas posiciones, un orden multipolar donde sus peones aliados —en realidad, naciones soberanas— no sean sacrificados.
Las piezas latinoamericanas, por su parte, demuestran que la partida no es bipolar. México, con un movimiento en L de principio y pragmatismo, condena la intervención y alza la voz por la autodeterminación, ofreciendo mesas de diálogo.
Cuba, lejos de ser un peón pasivo, es un ejemplo de resistencia que, pese a la asfixia económica y a las nuevas amenazas sobre su energía, mantiene su verticalidad y su solidaridad inquebrantable. No obstante, el centro de este drama lo ocupa el pueblo venezolano.
Pero, Venezuela no es solo un «peón crítico», sino una sociedad entera que por años ha soportado un cerco despiadado y que ahora enfrenta la ocupación directa. Su futuro no debe decidirse en Washington, Moscú o Beijing, sino en Caracas, mediante el diálogo soberano y la voluntad popular.
Por tanto, la próxima jugada crucial no es solo diplomática, sino moral. El mundo observa si prevalece la ley del más fuerte o el derecho de los pueblos a elegir su destino. La verdadera victoria en este tablero no consistirá en capturar al rey contrario, sino en forzar un nuevo juego, con reglas más justas, donde la soberanía y la cooperación sean los verdaderos principios del movimiento.
América Latina y el Caribe, con su historia de luchas, siguen demostrando que no aceptan ser el patio trasero de nadie, sino la casa común de todos. La partida continúa, y la dignidad, por ahora, no está en jaque.
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