“Hoy es un día que no deberíamos olvidar”, le contaba Juan a su nieto Alejandro, mientras el niño escuchaba con atención, sentado en el piso junto a su silla: Hace muchos, muchos años, cuando el frío de enero pegaba también en tierras lejanas, un hombre joven, casi un muchacho como tú, cayó en una calle de México. Se llamaba Julio Antonio Mella. Tú y yo hemos leído sobre él estos días, y quiero contarte cómo lo recuerdo, porque su historia no es solo de libros: es de carne y hueso, como la nuestra.
—¿Y tú lo conociste, abuelo? —preguntó Alejandro, interrumpiendo suavemente.
—No, yo no. Pero lo sentí muy cerca —respondió el abuelo, y continuó—. Yo era más joven que tú cuando primero escuché su nombre, susurrado como un secreto importante. Mi abuelo, tu bisabuelo, me lo contó. «Mella era un huracán», me decía. No por destruir, sino por querer limpiar todo lo que estaba podrido. Nació con el siglo y, desde muy joven en la universidad, se dio cuenta de que el saber no servía de nada si se quedaba encerrado entre paredes. Por eso fundó la FEU, para unir a los estudiantes, y la Universidad Popular “José Martí”, para llevar ese conocimiento, a los obreros que no habían podido estudiar. Tenía una idea fija: Cuba debía ser libre de verdad, sin dictadores que la sangraran y sin nadie de fuera que la manejara como una finca.
Por pensar así, por decirlo alto y claro, se ganó el odio del hombre fuerte de entonces, Machado. Lo apresaron, pero él —con un valor que todavía hoy me estremece— se declaró en huelga de hambre. No comió, para que su cuerpo fuera también una protesta. La gente empezó a clamarlo, y el tirano, asustado, lo dejó ir al exilio. Se fue a México, pero no se calló. Allí siguió luchando, haciendo amigos entre los que soñaban con una América mejor.
Y entonces llegó este día, el 10 de enero de 1929: una noche oscura en Ciudad de México. Iba caminando del brazo de su compañera, Tina Modotti, cuando sonaron los tiros. Cayó al suelo, herido de muerte.
—Solo veinticinco años… —murmuró Alejandro, con una pena sincera que detuvo por un momento el relato.
—Sí, hijo mío. Solo veinticinco años —asintió Juan—. La noticia cruzó el mar como un lamento y llegó aquí, a Cuba. Mi abuelo lloró de rabia ese día. No solo mataban a un hombre: intentaban matar una idea.
Ahora tú y yo hemos leído juntos sobre él, y me preguntas por qué es importante. Es importante porque Mella nos enseña que la juventud no es una espera. Él no esperó a ser «alguien» para actuar. Con lo que tenía —que eran sus ideas y su valor— se puso en pie. Nos enseña que el estudio no es para guardártelo, sino para compartirlo y usarlo para hacer el bien. Y, sobre todo, nos muestra que el amor a la patria no es solo decirla bonito: es trabajar y, a veces, arriesgar todo por ella.
Por eso, cada vez que un joven como tú se levanta para defender lo justo, para estudiar, para mirar a su alrededor y querer mejorarlo… Mella está ahí. No murió en esa calle: se multiplicó. En ti, en tus compañeros, en todos los que creen que un mundo mejor es posible y no tienen miedo de empezar a construirlo.
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