La confirmación de que 32 compatriotas, militares y miembros del Ministerio del Interior, cayeron en cumplimiento del deber en la República Bolivariana de Venezuela ha sumido a la nación cubana en un profundo y legítimo dolor. Este sacrificio, reconocido y homenajeado por el gobierno venezolano como un acto de «cumplimiento del deber», dentro del marco de la cooperación entre Estados soberanos, obliga a una reflexión serena sobre la feroz campaña de desinformación y odio y la guerra no convencional en las redes que intentan manchar el honor.
Los hechos son claros y han sido expuestos por las máximas autoridades de Cuba y Venezuela. Los combatientes cubanos se encontraban en territorio venezolano desempeñando tareas de protección y defensa institucional, bajo solicitud expresa de los órganos homólogos de ese país hermano. Su misión formaba parte de los acuerdos de cooperación entre dos naciones soberanas, ejerciendo el derecho legítimo a la asistencia mutua. La narrativa que intenta presentar esta colaboración como una injerencia ignora por completo la voluntad del Estado venezolano y el marco legal de la relación bilateral.
El presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez ha sido enfático al honrar a estos «bravos combatientes», quienes cayeron enfrentando lo que ha definido como una agresión imperial directa. Su caída no fue en vano, pues ocurrió mientras protegían vidas bajo su custodia, actuando con el profesionalismo y el honor que caracterizan a las instituciones cubanas. Decretar dos días de Duelo Nacional es un acto de reconocimiento soberano a ciudadanos que murieron sirviendo a los principios de la Revolución más allá de nuestras fronteras.
Maquinaria del odio, una operación política organizada
Paralelamente al duelo, se ha desatado en plataformas digitales una ola de comentarios ofensivos, deshumanizantes y cargados de odio hacia los caídos y sus familias. Este fenómeno no es espontáneo ni surge del sentir popular cubano. Como ha denunciado el miembro del Buró Político y Canciller, Bruno Rodríguez Parrilla, se trata de una operación política organizada.
Un análisis de la cartografía digital revela que las cuentas que lideran estas campañas operan fundamentalmente desde Estados Unidos y otros centros de poder, no desde Cuba. Su objetivo es fabricar consenso para justificar la injerencia y el bloqueo económico contra la Isla.
La operación contaba con un guion predefinido. Estas campañas siguen un patrón conocido de guerra cognitiva, utilizando tecnología avanzada y una ofensiva mediática implacable para influir en la percepción y sembrar división. El lenguaje empleado busca despojar a los caídos de su dignidad humana y revolucionaria, reduciéndolos a objetivos políticos.
Esta estrategia es idéntica a la empleada contra Venezuela, donde se ha documentado cómo el odio se incuba digitalmente desde el exterior para luego materializarse en violencia física por operadores locales, generando terror en la población. El ataque a Cuba y sus colaboradores internacionalistas es otro frente de esta misma guerra no convencional.
Frente a esta avalancha de desinformación y odio, es crucial recordar el marco legal y ético que defiende nuestra sociedad. La Constitución de la República consagra el derecho al honor y a la identidad personal de todos. Los discursos de odio, vengan de donde vengan, son inconstitucionales.
Nuestras normas jurídicas, como el Decreto-Ley 370, sancionan la difusión de información contraria a la integridad de las personas a través de redes de datos.
El periodismo revolucionario tiene el deber de contrarrestar estas mentiras con verdad rigurosa y argumentos sólidos, siempre desde el respeto a los criterios pero sin ceder espacio a la subversión ideológica.
Los 32 cubanos caídos en Venezuela son héroes que cumplieron con su deber de solidaridad internacionalista. Su muerte es consecuencia directa de la agresiva política exterior de un gobierno que intenta dominar a los pueblos soberanos. La campaña de odio en redes sociales es el brazo propagandístico de esa misma política, diseñada para herir a las familias en duelo y erosionar la unidad nacional.
Ante esto, la respuesta del pueblo cubano debe ser una sola: reafirmar la soberanía, honrar la memoria de los caídos con dignidad y redoblar la lucha contra la desinformación con hechos y verdad. Como enseñó Fidel Castro, la batalla de ideas es esencial, y en ella, la razón y la ética de la Revolución saldrán victoriosas frente al odio financiado desde el exterior.
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