La madrugada del 7 de enero de 2025 dejó una cicatriz en la geografía y en el alma de esta comunidad holguinera. Hoy, un año después, el viento que baja de las lomas cargadas de historia trae un silencio distinto, uno que se impone sobre el recuerdo de las explosiones en Melones. No es el silencio del olvido, sino el de una herida que late en la memoria de un pueblo, honrando a los trece hijos de la Patria que ofrendaron su vida en cumplimiento del deber.
Aquella madrugada, un incendio en una instalación militar desencadenó una serie de explosiones que estremeció la tierra y despertó a un pueblo entero con sobresalto. La noticia, contenida y precisa, llegó primero a través del Parte Oficial del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (MINFAR).
La prioridad fue, desde el primer minuto, la protección del pueblo; 494 vecinos de Melones y zonas aledañas fueron evacuados con premura y orden, una operación donde la disciplina y la solidaridad se tejieron para evitar mayores consecuencias humanas.
Pero mientras las llamas iluminaban el cielo y las detonaciones se sucedían, trece rostros quedaban en la sombra de la incertidumbre: dos mayores, dos segundos suboficiales y nueve soldados, todos desaparecidos en el cumplimiento de su misión de custodia. Sus nombres, publicados después por el MINFAR, dejaron de ser un dato para convertirse en un luto familiar y nacional.
Los días que siguieron fueron de una angustia contenida y una esperanza tenaz. Una comisión de alto nivel, integrada por el Partido Comunista de Cuba, el Gobierno, el MINFAR y el Ministerio del Interior, se instaló en el lugar. Los trabajos de búsqueda y rescate se toparon con una realidad devastadora: estructuras colapsadas, gases, riesgo permanente de derrumbe. El terreno mismo se había vuelto un enemigo. Los especialistas, con el corazón en un hilo, trabajaron sin descanso para hallar algún signo de vida.
La ciencia, la experiencia y la crudeza de los hechos llevaron a la conclusión más dolorosa. El 15 de enero, el MINFAR informó al pueblo cubano lo que ya muchos corazones presentían: los trece valerosos militares habían caído en el siniestro. La causa probable, determinada tras una investigación exhaustiva, fue un fallo eléctrico por cortocircuito. La noticia no fue solo un parte, fue un golpe que resonó en cada rincón de la Isla.
Un año después, Melones es un ejemplo de resiliencia. Las casas evacuadas fueron rehabilitadas, la vida cotidiana retomó su pulso. Pero la comunidad no ha dejado de ser la guardiana de la memoria.
El duelo por los trece soldados se ha entrelazado con el orgullo por su entrega. En Holguín, provincia de tradiciones combativas, el sacrificio en acto de servicio es un dolor que se transforma en respeto profundo. Las familias, en su digno y privado dolor, han recibido el reconocimiento permanente de la institución revolucionaria a la que pertenecieron sus seres queridos.
La tragedia impulsó una revisión exhaustiva de los protocolos de seguridad en instalaciones similares en todo el país. El análisis técnico del accidente sirvió no para señalar culpas, sino para reforzar la prevención. La consigna, aprendida a un precio demasiado alto, es que la protección de la vida humana —la de los custodios y la del pueblo circundante— es el principio absoluto.
Hoy, en el lugar de los hechos, un silencio solemne habla más que las palabras. No hay monumento visible aún, pero la memoria está erecta en la conciencia de cada cubano. Los nombres de aquellos trece militares —los mayores, los suboficiales, los jóvenes soldados— están inscritos en la lista de quienes dieron todo por la seguridad de la nación.
A un año de aquella madrugada que partió en dos la historia de Melones, el homenaje no es solo un acto de recordación. Es la reafirmación de que, ante la adversidad, la unidad, la disciplina revolucionaria y la protección del pueblo siguen siendo los pilares inquebrantables. La vida, con su fuerza tozuda, continúa en este pedazo de Holguín, pero late con el ritmo de un corazón que no olvida a sus héroes.
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