La captura de Maduro por Trump marca un punto de no retorno: es la Doctrina Monroe en acción y una advertencia directa a Cuba y a toda la región.
En la madrugada del sábado 3 de enero de 2026, fuerzas especiales de Estados Unidos ejecutaron un ataque militar «a gran escala» en Caracas, capturaron al presidente constitucional de Venezuela, Nicolás Maduro, y a su esposa, Cilia Flores, y los trasladaron a Nueva York para ser juzgados por tribunales estadounidenses. Inmediatamente después, el presidente Donald Trump declaró que Estados Unidos «gobernará» Venezuela hasta que haya una «transición segura, adecuada y sensata».
Este acto de fuerza, que viola flagrantemente la Carta de las Naciones Unidas y el derecho internacional, no es un hecho aislado. Es la punta de lanza de una nueva y peligrosa escalada imperialista que busca reconfigurar por la fuerza el mapa político de América Latina y el Caribe.
Es una agresión que hiere la soberanía continental. La operación, presentada como «quirúrgica», incluyó bombardeos en bases aéreas, entre ellas:
- Fuerte Tiuna: El principal complejo militar de Caracas. Allí se encontraba la residencia de Maduro y fue el epicentro del asalto final.
- Base Aérea La Carlota (General Francisco de Miranda): Base aérea militar clave. Fue uno de los primeros objetivos para destruir sus sistemas de defensa aérea (misiles BUK M2E).
- Cuartel de la Montaña (4F): Sede del Comando de la Milicia Nacional Bolivariana.
- Edificio de la Asamblea Nacional: Fue alcanzado según reportes.
- Barrios afectados: Se reportaron explosiones en Las Adjuntas, 23 de Enero y zonas aledañas.
El puerto de La Guaira: principal puerto marítimo, atacado para bloquear logística y el Aeropuerto de Higuerote: de uso civil y militar en el estado Miranda. Así como la Base Aérea El Libertador: Otra importante base aérea en Palo Negro, dejando decenas de víctimas civiles y militares.
El gobierno venezolano denunció una «gravísima agresión militar» y activó el estado de conmoción exterior, invocando el derecho a la legítima defensa. La comunidad internacional ha reaccionado con contundencia: el secretario general de la ONU, António Guterres, expresó su «profunda preocupación» y recordó que el derecho internacional «prohíbe el uso de la fuerza contra la integridad territorial de los Estados».
Colombia, a través de su representante ante la ONU, denunció que la detención de Maduro «viola el derecho internacional y la carta de la ONU». Sin embargo, la administración Trump ha hecho caso omiso, instalando en Caracas un gobierno interino afín y anunciando planes para reabrir su embajada y explotar las vastas reservas petroleras venezolanas.
¿Qué significa para Cuba? Una amenaza existencial
Para Cuba este evento es un terremoto geopolítico. La alianza estratégica con Venezuela, que por décadas ha existido, queda ahora en la cuerda floja. El presidente Miguel Díaz-Canel denunció el «criminal ataque» y advirtió que «Nuestra #ZonaDePaz está siendo brutalmente asaltada». Pero las implicaciones van más allá de la solidaridad.
Trump ha dejado claro que Cuba está en su mira: en declaraciones al New York Post, afirmó que «muchos cubanos perdieron la vida anoche» protegiendo a Maduro, confirmando así la presencia de seguridad cubana en el círculo íntimo del líder venezolano.
Para la isla, esto representa una doble vulnerabilidad: primero, la pérdida de un sostén en un momento de aguda crisis energética; segundo, la amenaza creciente de una intervención directa. Como señala un analista citado por CNN, el «rápido éxito» de la operación en Venezuela «solo puede empoderar a los promotores del cambio de régimen en el Gobierno de Trump para poner a otras naciones latinoamericanas en la mira, empezando por Cuba». La pregunta que hoy recorre la isla es aterradora: «¿Seremos los próximos?».
La captura de Maduro es un mensaje para toda la región.Trump no solo ha amenazado a Colombia, sino que también ha invocado una «nueva Doctrina Monroe», prometiendo no tolerar países con intereses contrarios a los de Washington. Este retroceso a la lógica de patio trasero busca anular décadas de avances hacia la integración soberana. La reacción de los gobiernos progresistas será crucial.
Hasta ahora, solo Cuba y Colombia han alzado su voz con firmeza, pero se requiere una respuesta unificada de todos los países latinoamericanos y caribeños. Es inaceptable que la fuerza bruta y la violación de la soberanía se conviertan en la norma para disciplinar a los pueblos.
La captura de Nicolás Maduro por Donald Trump no es solo un episodio venezolano. Es un parteaguas histórico que redefine la relación de Estados Unidos con América Latina. Para Venezuela, significa la imposición de un gobierno títere y el saqueo de sus recursos. Para Cuba, representa una amenaza existencial que exige máxima alerta y preparación. Para toda Nuestra América, es un llamado urgente a cerrar filas en defensa de la soberanía, la autodeterminación y la paz. Como afirmó Díaz-Canel, «por Venezuela, por supuesto por Cuba, estamos dispuestos a dar incluso la vida, pero a un alto costo».
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Lo sucedido en Caracas no es una excepción, sino la reanudación de una lógica colonial que creíamos superada. Si América Latina no responde con una voz unida y firme —no solo en discursos, sino en acciones concretas de defensa jurídica y política—, el reloj de la soberanía retrocederá décadas. La historia juzgará este momento no solo por la audacia del imperio, sino por la respuesta de los pueblos que se negaron a ser patio trasero.
El futuro inmediato de la región dependerá de la capacidad de sus gobiernos y organismos multilaterales para convertir la condena en mecanismos efectivos de contención. La captura de un presidente en ejercicio establece un peligroso precedente jurídico-militar. La alternativa a la unidad regional no es el statu quo, sino la profundización de una era de intervenciones justificadas por la pura razón de la fuerza. El imperialismo ha mostrado sus garras; la respuesta de los pueblos debe ser contundente.
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