Conrado Benítez, primer mártir de la alfabetización

El alba del 5 de enero de 1961 aún no calentaba las lomas del Escambray. Una neblina fría se aferraba a los cafetales y a los intrincados caminos de la región de Pitajones, en Trinidad. Por uno de esos senderos, cargando una mochila que no pesaba por lo que contenía, sino por lo que representaba, caminaba Conrado Benítez García.

En su bolsa no había armas, sino libros de Anatomía, Matemáticas y Composición, junto a unos cuantos lápices de colores y juguetes destinados a los alumnos que, en la finca San Ambrosio, esperaban impacientes el regreso de su primer maestro. Esa mañana, la barbarie contrarrevolucionaria, alentada desde el extranjero, le tendió una emboscada y acabó con su vida.

Su historia era la de miles. Nacido en Matanzas en una familia humilde, la vida le enseñó primero el rigor del trabajo que el de la escritura. Limpiabotas y panadero durante el día, estudiante obstinado durante la noche, forjó un carácter callado, respetuoso y una tenacidad a prueba de fracasos.

El triunfo de la Revolución en 1959 le abrió, por fin, el horizonte que tanto anhelaba. Cuando en 1960 el entonces primer ministro Fidel Castro llamó a formar el contingente de Maestros Voluntarios, Conrado no dudó. Aunque también soñaba con ser ingeniero eléctrico, su vocación de servicio pudo más. Partió hacia la Escuela de Capacitación Pedagógica de Minas de Frío, en el corazón de la Sierra Maestra.

En agosto, con su título de maestro, fue destinado a uno de los frentes más difíciles: el Escambray. Una zona montañosa, aislada y azotada por bandas contrarrevolucionarias armadas, donde la incultura era tan profunda como los barrancos.

Junto a la maestra Magalys Olmos López, se internó en la región. A él le correspondió Sierra Reunión. Con sus propias manos, en un viejo aserrío, construyó su escuela. Clavó estacas, puso tablas a modo de bancos. Lo esencial, para él, era que aquel lugar funcionara. De día enseñaba a los niños; de noche, a los adultos. Los campesinos lo recordaban por su bondad y la atención especial que dedicaba a los más pequeños.

Los últimos días de 1960 los pasó en La Habana, con su familia y su novia Nancy Inerarity. Hablaba de casarse, de seguir luchando por la Revolución y de superarse. Regresaba al Escambray lleno de ilusión.

La víspera de su muerte, el 4 de enero, él y Magalys llegaron a la casa del campesino Felo González. Un vecino les había advertido de la presencia de «alzados» en la zona. Magalys propuso quedarse a pasar la noche. Conrado, impaciente por ver a sus alumnos, por entregarles aquellos modestos regalos, decidió continuar.

Nunca llegó. En la madrugada del 5 de enero, en el paraje conocido como Tinajitas, la banda de Osvaldo Ramírez lo capturó junto a otros campesinos. No hubo piedad. Lo asesinaron, junto a Heliodoro Rodríguez Linares, Luis Conesa, Antonio Navas y otros, por el «delito» de querer alfabetizar. Su cuerpo fue encontrado medio insepulto. Su mochila, con los libros y los juguetes, fue el testigo mudo de la saña de un crimen que pretendía matar una idea.

El impacto de su asesinato, a solo seis días del inicio oficial de la Campaña de Alfabetización, electrizó a la nación. No era un soldado caído en combate; era un maestro desarmado, masacrado por llevar conocimiento. Su muerte, lejos de amedrentar, reafirmó la voluntad popular. El 17 de enero, la brigada de alfabetizadores creada por la Revolución adoptó el nombre de «Conrado Benítez». Miles de jóvenes, inspirados en su ejemplo, partirían hacia los rincones más apartados de Cuba.

El 28 de enero, ante una multitud, Fidel Castro, al convocar la histórica Campaña Nacional de Alfabetización, levantó la memoria de Conrado como estandarte: «¡Ese maestro después de muerto, seguirá siendo maestro! ¡El pueblo nunca lo olvidará!».

Hoy, un obelisco en las montañas del Escambray marca el lugar donde cayó. No es un monumento a la muerte, sino a la semilla. La que plantó un joven tímido y perseverante que creyó, hasta el último suspiro, que un libro y un lápiz podían ser más poderosos que cualquier arma. Su legado no es el de un mártir olvidado, sino el de un faro que, desde la tragedia, iluminó el camino para que Cuba se declarara, al año siguiente, territorio libre de analfabetismo.