Los problemas económicos de la sociedad cubana actual no deben condicionar nuestro comportamiento cívico. Las restricciones en el abastecimiento de productos agroalimentarios y el déficit de combustible en los últimos meses debido al recrudecimiento del bloqueo, la aplicación del Título III de la Ley Helms-Burton y otras medidas de la agresiva política de la actual administración estadounidense, han sacado a la luz en Holguín actuaciones alejadas de las buenas conductas ciudadanas que han distinguido siempre al pueblo cubano.
Existen acontecimientos fuera de nuestro control, pero la actitud que adoptemos ante esas situaciones imprevistas marca la diferencia entre la actuación civilizada o la pérdida de valores éticos y sociales.
Las carencias materiales no deben dar paso al caos o acaparamiento descontrolado en establecimientos estatales donde se expenden productos alimenticios y de aseo. Ante el miedo a la escasez es penoso observar tumultuosas colas con inapropiadas manifestaciones públicas que traspasan el límite del respeto y la armonía.
En tiempos adversos se impone la necesidad de convivencia y cooperación. Adaptarnos con sentido común y flexibilidad a las más diversas circunstancias con una actitud creativa y capacidad de esfuerzo colectivo. Las crisis ofrecen posibilidades para corregir, transformar e innovar.
¿Qué define nuestras acciones en sociedad?
La manera concreta en que nos comportamos evidencia la medida de nuestra educación. Las riñas, tensiones, groserías solo nos hacen más penosas las adversidades.
En contextos complejos, como el actual, debemos desechar ˗como dijo Miguel Díaz Canel- el lamento inútil y concentrarnos en buscar salidas, en convertir los desafíos en oportunidades.
Sus reflexiones indican un camino certero: “Como sociedad debemos recuperar hábitos de cortesía que hemos perdido. Nada más ajeno a la Revolución que la mala educación: la pérdida de valores lastra, desde nuestras relaciones personales en la colectividad hasta nuestra exportación de servicios. Y es la primera causa del malestar que nos causamos unos a otros en la cotidianidad”.
Cuando enfrentamos realidades diferentes a nuestro día a día el modo de actuación muestra realmente quiénes somos a partir de la educación recibida desde temprana edad. Las buenas prácticas desarrollan virtudes que benefician a la sociedad en general pero las actitudes negativas conducen, en muchos casos, a la trasgresión del orden.
El ser humano es social por naturaleza, vivir en grupo determina la necesidad de organizar la convivencia con la intención de protección y colaboración en la realización de propósitos comunes.
Nuestro proceder debe ajustarse al cumplimiento de las normas sociales que regulan las acciones de los individuos entre sí.
¿Cómo contribuimos al bienestar colectivo?
Tenemos la responsabilidad ciudadana de cuidar las propiedades comunitarias que nos benefician a todos, sin embargo, en no pocas ocasiones, contribuimos, negligentemente, a la suciedad y deterioro de espacios públicos, del transporte urbano y hasta de instituciones sociales como las de la salud.
A diario arrojamos a la calle papeles, restos de comida, cualquier tipo de objeto; adrede ensuciamos paredes, garabateamos muros, dañamos bancos, con torpeza abusamos de los chistes de mal gusto, de familiaridades excesivas que se convierten en impertinencias.
La buena educación se aprecia en detalles, en la consideración que merecen las personas mayores, en ceder el asiento a un anciano o embarazada en un ómnibus, en la disposición a ayudar, en el respeto a las creencias o convicciones de los demás sin comentarios hirientes o muestra de desprecio.
Nos acercamos a la pobreza cuando permitimos manifestaciones de egoísmo, vulgaridad, maltratos, cuando perdemos el buen comportamiento en todos los ámbitos, la cortesía, la identidad.
Toca promover modos de participación con los cuales los individuos tengan implicación colectiva.
El principio del libre albedrío tiene implicaciones éticas. Toda actuación conlleva a consecuencias buenas o malas que debemos asumir y que benefician o perjudican a la sociedad; elegir lo correcto es un acto responsable y virtuoso.
Las costumbres quedan en el inconsciente colectivo de los pueblos. Apostemos por las mejores y recogeremos frutos.












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