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El General desnudo en las calles

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Ponemos a disposición del lector de Memoria Holguinera un capítulo del folleto titulado: Ángel Guerra o el último capitulado cubano. Episodio Histórico, escrito en Cayo Hueso, en diciembre 1892, por Juan A. Calderón. El texto fue publicado en Gibara, en 1899, en el establecimiento tipográfico El Progreso. Narra la participación del patriota Ángel Guerra Porro en la llamada Guerra Chiquita que se desarrolló entre 1879 y 1880.

Nacido en Holguín en 1842 se levantó en armas bajo las órdenes de Julio Grave de Peralta. Ascendido a Capitán en diciembre de 1869, a Comandante en julio de 1872 y a Teniente Coronel en junio de 1873. Tomó parte en numerosas acciones. Entre ellas el combate de Rejondones de Báguano, Santa María del Ocujal, ataque a los poblados e Almirante y Junucún. Al terminar la conflagración se sumó a la conspiración que dio inicio a la Guerra Chiquita. En agosto de 1879, el Coronel Belisario Grave de Peralta, también miembro del complot, decidió alzarse en armas. Ángel Guerra trató de convencerlo de que no se pronunciara por su cuenta. El 24 de agosto se levantó en armas en las márgenes del río La Rioja, en el territorio del entonces municipio holguinero.

La guerra se extendía reciamente por el Departamento Oriental. Ángel Guerra consideraba que la Revolución fue prematura. Sin armas y los principales líderes en el exterior estaba llamada al fracaso. Por lo que decidió permanecer en su casa en la ciudad de Holguín. Las autoridades españolas tenían otro criterio. Comprendieron que Ángel Guerra era un mambí y que no se había alzado por asuntos tácticos y tarde o temprano lo haría. Decidieron detenerlo. A continuación la trascripción textual sobre la aventura urbana de este mambí que se vio perseguido por sus irreconciliables enemigos que se narra en el folleto Ángel Guerra o el último capitulado cubano:

Capitulo II

Una captura inútil

Apercibidas temprano las autoridades de Holguín de lo que estaba ocurriendo en el río de la Rioja, juzgaron que aun cuando la Guerra no se había movido de la ciudad, convenía inutilizarle, por si acaso.

Aquella noche, á las doce, la Policía y la Guardia Civil llegaron á la vez por las dos calles á que hacía esquina su casa, con la entrada principal por la de San Isidoro, (1) y derribando á golpes la puerta de la otra calle, penetraron al patio y de seguida á las habitaciones por otra puerta que no tuvieron necesidad de forzar. Ya el pájaro había volado por ella advertido del peligro por el estruendo de los golpes y el ruido de las armas, aunque sin tiempo más que para ocultarse entre una mata de jazmín inmediata, con la que rozaron los soldados al penetrar en su busca.

Al desaparecer el último, trepó, rápido como un tigre, sobre una alta pared de mampostería coronada de vidrios rotos, que separaba su patio del de doña Panchita Castellanos. Allí, con las manos, los brazos, el pecho y las piernas cortadas por los vidrios, y colgado largo ratos de éstos hacia ese otro patio mientras con luces registraron el suyo, permaneció en semejante suplicio hasta asegurarse de que no había quedado por su casa ni un esbirro. Saltando entonces á otros patios divididos por tablas ó janes, reconoció sigilosamente sus dos calles, descubriendo que los cuatro ángulos de la cuadra habían quedado ocupados por cuatro parejas de la Guardia Civil.

Juzgose irremisiblemente perdido. No se atrevía á llamar á ninguna casa por temor á ser oído de los centinelas ó mal recibido por la desnudez en que salió para aminorar las probabilidades de ser visto. Sus perseguidores, que habían hallado el lecho y sus ropas interiores calientes, estaban seguros de que no había tenido lugar de salir de la cuadra. Juzgaron con razón que había quedado encerrado dentro de la ratonera.

Tras largo tiempo de angustia la frescura del aire le recordó la proximidad del día. Horrorizole la idea de que la luz de la mañana le sorprendiera en aquella situación y tomó la resolución de evitarlo á todo trance. Se fue acercando lo más que pudo entre los patios á una de las esquinas de la cuadra, sacó silenciosamente dos janes que daban á la calle; saliendo á ella por el hueco abierto así, se aproximó rastreando como una culebra á la pareja que se había sentado en la acera, y lanzándose de pronto á la carrera en dirección á ella, cuando los Guardias pudieron darle el alto ya los había dejado detrás. Aunque le hicieron varios disparos, logró alcanzar sin novedad la casa de un amigo, que le proporcionó ropa y machete; más al volver á la calle el cielo ostentaba ya los dorados y purpúreos matices de la Aurora y la atmósfera era suficientemente clara para denunciar su presencia. Sin embargo pudo, sin ser visto, sacar de un patio frente al Hospital de Caridad (2) el caballo de su amigo Carlos Téllez, del Guiral, y montado en él en pelo salió á la carrera por el camino de Cuba. (3)

Pero no había llegado el momento verdaderamente crítico para él. Los fuertes que rodean la población habían sido avisados durante la noche, y al pié de ellos, en las puertas de salida, estaba preparada de antemano su persecución. Un grupo de caballería se lanzó tras él á galope tendido, los soldados bien montados en briosos caballos y él sin más aparejo que la jáquima en una cabalgadura flaca y estenuada. Por instantes se le aproximaban sus perseguidores. Ya en el Tejar de Mayabe (4) se extendían en ala para rodearle, cuando el fujitivo se dejó caer al suelo, abandonándoles el noble bruto que había dejado de necesitar y tomando á pié la manigua allí bien espesa.

Los soldados que le habían visto al caer, pero no levantarse, aseguraron al Gobernador de la Plaza, al hacerle entrega del caballo capturado, que al parecer el jinete había sido tragado por la tierra ó se había desvanecido en el aire antes de llegar al suelo.
Ángel salió ileso de aquella persecución y se unió a las fuerzas insurrectas. Se convirtió en uno de los líderes de los independentistas en la región. Se presentó en diciembre de 1879. En 1890 fue expulsado de Cuba por sus acciones conspirativas. Figuraba entre los tripulantes del bote que condujo a José Martí y Máximo Gómez a Cuba, en abril de 1895.

Integró la columna invasora y combatió en el occidente del país. Murió en combate el ocho de marzo de 1896, en Santa Rita de Baró, Matanzas. Tenía el grado de general de brigada del Ejército Libertador Cubano.

El singular relato sobre la fuga de Ángel Guerra es uno de los pocos sobre lo que hoy consideraríamos una acción del clandestinaje mambí, en un centro urbano del Oriente del archipiélago. Es la fuga de un combatiente clandestino, pues Ángel Guerra aunque estaba comprometido con la insurrección no se había levantado en armas.

Citas:
(1)Actual calle Manduley conocida por Libertad
(2)Asilo de ancianos Jesús Menéndez
(3)El camino a Santiago de Cuba.
(4)—En los alrededores de la ciudad de Holguín habían varios tejares. Se le designaba según el dueño y el lugar donde estuvieran.
Author: José Abreu CardetEmail: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
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