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Vives: ciudad de la imaginación

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Al llegar a oídos del Capitán General de la isla de Cuba, Francisco Dionisio Vives, la sorprendente noticia de que Andrés Sheffield Garr proponía la creación de una población en Moa, debió de llenarse de una profunda alegría. En aquel año de 1831, cuando se comenzó a examinar la propuesta, la situación no era nada halagüeña para el imperio español.

Sus colonias del Nuevo Mundo se independizaban. Lo peor de todo es que sobre la mayor de Las Antillas pendían serias amenazas. Existía la posibilidad de que los revolucionarios latinoamericanos organizaran una expedición para poner fin al dominio peninsular en Cuba. La rica colonia además de su situación estratégica era una verdadera mina de oro para la metrópoli. Las riquezas que obtenía de la producción azucarera y tabacalera muy bien podían ser utilizadas en organizar una expedición para reconquistar sus antiguas colonias.

Pero no se estaba seguro de que se mantuviera fiel a la metrópoli. Llegaban a La Habana alarmantes informes de las autoridades de toda la isla sobre sediciones reales o imaginadas. En Puerto Príncipe, hoy Camagüey, se informaba en 1823 de la propagación de ideas revolucionarias. (1) En ese mismo año en Santiago de Cuba se denunciaba una conspiración independentista. (2) También en 1823 en Holguín fue descubierta una conspiración separatista. (3) En la misma capital, pese a la vigilancia, se vivía en la zozobra. El periódico El Revisor el 30 de junio de 1823 "...publicó un artículo de clara propaganda independentistas." (4) Noticias de ese tipo, en ocasiones reales y otras imaginadas, se comentaban en ciudades y campos.
Seguramente que el Capitán General no podía conciliar el sueño cuando repasaba un mapa de la isla. En las costas del norte del oriente cubano apenas había vecinos que defendieran el imperio de una incursión enemiga. Tan solo existían dos puertos, Gibara y Baracoa. El primero era en ese momento demasiado joven. Se había creado alrededor de una batería cuya construcción se inició en 1817. Pero era más pompa que defensa pues además de ser reducida contaba con deficientes cañones y artilleros mal pagados con escasa pólvora. El comercio incluso era relativamente pobre. En el año 1827 tan solo se exportó el equivalente a 72 mil 340 pesos. (5) Todavía era una empresa muy local y sus vecinos hasta el momento no miraban más allá de sus playas.

Mientras Baracoa era una ciudad abandonada, olvidada por todos. Entre ambos puertos existía una extensa aritmética de solitarias bahías, ensenadas sin nombres pero con suficiente calado para permitir la llegada de grandes navíos. Sobraban amenazadores buques en el Caribe. Los nuevos estados independientes armaban corsarios para atacar a la rica colonia cubana. Los ingleses tenían una poderosa flota de buques que traían en el trasfondo la victoria de Trafalgar. Se consideraban desde entonces los dueños del mar. Habían saboteado las riquezas de La Habana, podían intentar de nuevo ocupar la isla. Incluso las antiguas trece colonias, ahora República, siempre se habían mostrado muy interesados por Cuba. Sus presidentes y senadores soñaban despiertos con incluirla como una estrella más de su bandera.

No solo pendía como espada de Damocles el interés de las grandes potencias y las recién creadas repúblicas. La amenaza de los cimarrones y palenques estaba muy presente. En los bosques de Moa en 1816, una partida calculada en cientos había atacado y hecho retroceder a una tropa que la perseguía matando a un comisionado. (6)

En las calenturientas cabezas de los colonialistas quizás se hubiera llegado a pensar que desde Haití podían infiltrar en las costas de Moa abolicionistas para apoyar a los palenques y tratar de sublevar a las dotaciones de esclavos de la isla. Los españoles no podían olvidar los truculentos relatos sobre la revolución de Haití. Alejo Carpentier en su novela El Siglo de las Luces reflejó esa memoria del espanto guardada por los propietarios de esclavos. El escritor se encargó de recrear la llegada a Santiago de Cuba de los colonos franceses que huían de la revolución haitiana.

"La ciudad estaba llena de colonos refugiados. Se hablaba de terribles matanzas de blancos, de incendios y crueldades, de horrorosas violaciones. Los esclavos se habían encarnizado con las hijas de familias, sometiéndolas a las peores sevicias. El país estaba entregado al exterminio, el pillaje y la lubricidad..." (7)

En fin que se estaba en un mundo intranquilo. Fue precisamente en aquellos momentos que llegó a manos del Capitán General la propuesta estupenda que podía calmar los muchos sustos de los burócratas españoles. El tres de septiembre de 1831 se reunían en la Casa de Gobierno en La Habana el Capitán General y su secretario. El asunto era despachar el proyecto que les proponía Andrés Sheffield Garr de crear en Moa una población. Este tenía propiedades en esa zona. Al nuevo centro urbano en un gesto de indudable adulación se le llamaría "Vives" en honor del Capitán General. El médico Santiago Anderson era el apoderado de Andres Sheffield, encargado de elevar los documentos y hacer las gestiones para que se aprobara el proyecto. El expediente había sido aceptado el seis de octubre de 1830 por la Junta de población de la Capitanía General. Andrés aceptó ceder cinco caballerías de tierra al lado del río Moa, en el lugar llamado Punta Gorda. Este era "...el punto más cómodo, sano y útil en todos sentidos..." (8) para la construcción de un poblado.

Andrés debía pagar el traslado de 40 vecinos para el nuevo poblado en menos de un año desde el momento de aprobado el documento. Estos serían canarios. En aquellos momentos difíciles España intentaba afianzar su dominio promoviendo la llegada de inmigrantes de esa nacionalidad a los lugares del imperio amenazados por movimientos separatistas. Treinta años después, en marzo de 1861, al recuperar a Santo Domingo promovieron la emigración hacia ese territorio con la esperanza de aplacar los ánimos separatistas de muchos de sus vecinos. También en Cuba durante el desarrollo del movimiento independentista recurrieron a igual medida. Las autoridades fijaron condiciones muy precisas que aseguraban la fidelidad de los futuros vecinos de aquella población. La mitad debía ser españoles, todos católicos y los extranjeros jurar fidelidad a la corona ante las autoridades de Baracoa. En esa época Moa formaba parte de aquella jurisdicción. En la actualidad es un municipio de la provincia de Holguín, según la división política administrativa de 1976.

Andrés dedicaría a la creación del poblado unas cinco caballerías. A cada individuo que aceptara establecerse allí debía entregarle gratuitamente un solar. El beneficiado debía en menos de seis meses construir una casa. Este privilegio se mantendría durante dos años para todas las personas que se quisieran avecindar en el futuro poblado de Vives. Pasado ese periodo los nuevos recién llegados debían llegar a un acuerdo con Andrés Sheffield sobre la compra de un solar.

Los españoles tenían un muy desarrollado sentido urbanístico. Por lo que pusieron como primera condición que se hiciera un plano del pueblo. Un agrimensor público lo trazaría e indicaría los lugares para las casas particulares y los edificios públicos como una batería, cárcel, aduana y escuela. Se señalaba la construcción de una casa para el cura. Esta podría ser de tabla y de techo de guano y un oratorio con los vasos y demás instrumental entre lo que se encontraban pan, cera y vino para los servicios religiosos. El cementerio debía construirse distante del pueblo. La sede del gobierno, la iglesia, el hospital y "pago de empleados son materias que se tratara cuando la colonia hubiere hecho progresos que ofrezcan rendimientos al gobierno..." (9)

Para su subsistencia y como motivación para que llegaran futuros vecinos a cada uno de estos, Andrés le entregaría una caballería de tierra. Esta estaba evaluada en unos 200 pesos. Los beneficiados debían pagar a Andrés. Pero recibirían dos años de gracia los extranjeros. Los españoles recibirían tres años de exención. La tierra se pagaría al cinco por ciento anual de su precio.

Pero tales beneficios tan solo se harían con los que en los primeros cuatro años se establecieran en "Vives", luego de ese periodo debían adquirir la tierra en un acuerdo con Andrés Sheffield. En igual situación estaban los que quisieran más de una caballería, sin importar, en este caso, la fecha de llegada.

Andrés acordó con las autoridades que los varones de 14 años en adelante recibirían dos hachas, dos machetes, dos azadas y una barreta. A los padres de familia además se les entregarían dos arrobas de clavos. Los colonos que arribaran en el primer año a la naciente población serían auxiliados durante seis meses con alimentos que pagarán cumplido el plazo de seis meses de estancia en el lugar. Al fundarse el pueblo en la cercana bahía de Moa se crearía un puerto.

El pueblo de Vives no se llegó a crear. En ello influyeron varios factores como los excesivos gastos que debía afrontar Andrés, la inseguridad de la época y lo apartado del lugar. Además los inmigrados a la isla preferían establecerse en la parte occidental mucho más rica, o en algunas regiones como Santiago de Cuba o Guantánamo. También debió influir que relativamente cerca de Moa existía un puerto, Gibara, en pleno desarrollo. Este debía ser un atractivo mayor para los recién llegados a estas costas que el imaginado pueblo de Vives. La fundación de esta población hubiera cambiado por entero el futuro de Moa. Dejemos a la imaginación del lector.

Las costas entre Gibara y Baracoa continuaron solitarias, guardando una rica fauna y preciosos minerales. No sería hasta el siglo XX que se iniciaría el poblamiento de Moa y la explotación de sus riquezas. Lo interesante de este documento es que mostró los métodos españoles para construir sus centros urbanos.

Notas a pie de página

1--Olga Portuondo Zúñiga, El departamento oriental en documentos Tomo II (1800 1868), Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2012 pp. 146 148
2—Ibídem p. 152
3--José Novoa Betancourt, Repercusión holguinera de Aponte y Rayos y Soles de Bolívar (1812 1823), En Héroes Volcánicos del Sur Valoración multilateral del bicentenario de la independencia en Hispanoamérica, Editorial La Mezquita, Holguín, 2014 p. 103
4—Ibídem, p. 103
5--Herminio Leyva y Aguilera Gibara y su jurisdicción. Datos históricos y estadísticos, Taller tipográfico de Martín Bim, Gibara, l894, pp. 161/171
6--Olga Portuondo Zúñiga, ob. cit. p. 110
7--Alejo Carpentier, El Siglo de las Luces, Letras Cubanas, La Habana, 2001, p. 79
8--Olga Portuondo Zúñiga, ob. cit. p. 196
9-- Ibídem p.199
Author: José Abreu CardetEmail: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
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