"Esto va bien", fueron las últimas palabras del Lugarteniente General Antonio Maceo y Grajales a sus compañeros de armas. Entonces recibió un disparo que lo hizo desplomarse de su cabalgadura y dejar de existir físicamente.
Era el siete de diciembre de 1896 y moría el Titán de Bronce, aquel patriota excepcional que alcanzó el grado de General durante la Guerra de los Diez Años; el protagonista de la Protesta de Baraguá, el ejecutor de la invasión de Oriente a Occidente junto al Generalísimo Máximo Gómez; y el Lugarteniente General del Ejército Libertador Cubano.
Había nacido el 14 de junio de 1845 en Santiago de Cuba, y desde muy joven consagró su vida a luchar por la libertad de su amada patria, a la cual prestó una magnífica hoja de servicios que lo hizo figurar entre los más relevantes próceres de la independencia de Cuba.
Al hablar del Titán de Bronce, calificativo que se ganó por su arrojo en el combate, su valor a toda prueba y la tez mestiza de su piel, siempre se alude a sus méritos de guerra. Pero Maceo fue a la vez hombre de pensamiento y de acción, y al referirse a su figura Martí dijo: “Y hay que poner asunto a lo que dice porque Maceo tiene en la
mente tanta fuerza como en el brazo”.
Al ser sorprendida su tropa en la finca San Pedro, cerca de Punta Brava, en La Habana, se entabla el combate. Arrecia el fuego enemigo y Maceo es alcanzado por un proyectil que le penetró por el lado derecho de la cara y salió con ruptura de la arteria carótida, por el lado izquierdo del cuello.
Los hombres a su alrededor, varios de ellos heridos, intentan rescatar su cuerpo, pero no lo logran y tienen que retirarse del lugar, dejando su cadáver en aquellos matorrales a merced del enemigo.
Su ayudante, el capitán Francisco (Panchito) Gómez Toro, hijo del Generalísimo Máximo Gómez, que por estar herido quedó en el campamento, salió prácticamente desarmado y con un brazo en cabestrillo en busca del cadáver de su jefe. En un gesto supremo de lealtad fue a morir a su lado, pues resultó blanco fácil de las armas españolas y es rematado con un machetazo en la cabeza.
Días después de la muerte de Maceo y Panchito, la noticia llegó hasta el Cuartel General del Ejército Libertador en San Faustino, Camagüey, donde sus subordinados trataron de consolar a Máximo Gómez, aludiendo a las mentiras que propalaba el Ejército Español.
Gómez escribió: “Algunos de mis compañeros abrigan la esperanza de que pueda ser falsa, pero yo siento la verdad de ella en la tristeza de mi corazón”.












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