Como una luz los Mártires de Chicago alumbraron el camino, pues más que obreros eran seres humanos que se levantaban cada día a buscar el pan para los hijos que habían traído al mundo.
No ha habido reivindicación más importante que aquella, lograda hace 133 años, cuando los trabajadores salieron en son de huelga en la lucha por la reivindicación laboral de ocho horas de trabajo.
Entonces Chicago era la segunda ciudad en número de habitantes de los Estados Unidos, adonde llegaban cada año ganaderos desocupados e inmigrantes que arribaban del mundo entero. Eran los albores de la Revolución industrial.
Ya se había producido el movimiento obrero por la búsqueda de la transformación de las malas condiciones de vida y, también surgían las reivindicaciones.
Era un momento de reclamo de la jornada de ocho horas por la que se habían formado varios movimientos. ¿Qué persona podía trabajar 18 horas diarias o más?
La mayoría de los obreros se habían afiliado a la Noble Orden de los Caballeros del Trabajo, sin embargo, era la Federación Estadounidense del Trabajo la que tenía mayor protagonismo. El 17 de octubre de 1884 al realizar su cuarto congreso había determinado que desde el primero de mayo de 1886 la duración de la jornada debía ser de ocho horas, si no se irían a huelga.
Así el primero de mayo de ese año 200 mil trabajadores iniciaron la huelga, mientras otra cifra similar obtenía esa conquista con la simple amenaza de paro.
Más que en otras ciudades del país, era Chicago un hervidero por tener las peores condiciones de trabajo. Allí las movilizaciones se mantuvieron los días dos y tres de mayo, trabajaba únicamente la fábrica de maquinaria agrícola McCormick que se encontraba en huelga desde mediados de febrero porque querían descontarle a los obreros de sus salarios para la construcción de una iglesia. El día dos la policía disolvió violentamente una manifestación de más de 50 mil personas y, el tres, se celebró una concentración frente a su puerta; estaba en la tribuna el anarquista August Spies cuando sonó la sirena de salida de un turno de rompehuelgas y los concentrados se lanzaron sobre los amarillos comenzando la pelea. La policía procedió a disparar sobre la gente provocando la muerte de seis compañeros y varias decenas de heridos.
Adolf Fischer, periodista y redactor del periódico anarquista Arbeiter Zeitung, redactó una proclama donde expresaba honrar a los obreros caídos, y lo hizo de esta manera:
“Trabajadores: la guerra de clases ha comenzado. Ayer, frente a la fábrica McCormik se fusiló a los obreros. ¡Su sangre pide vergüenza!
¿Quién podrá dudar ya que los chacales que nos gobiernan están ávidos de sangre trabajadora? Pero los trabajadores no son un rebaño de carneros. ¡Al terror blanco respondamos con el terror rojo! Es preferible la muerte que la miseria.
Si se fusila a los trabajadores, respondamos de tal manera que los amos lo recuerden por mucho tiempo.
Es la necesidad lo que nos hace gritar: ¡A las armas!
Ayer, las mujeres y los hijos de los pobres lloraban a sus maridos y a sus padres fusilados, en tanto que en los palacios de los ricos se llenaban vasos de vino costosos y se bebía a la salud de los bandidos del orden…
¡Secad vuestras lágrimas, los que sufrís!
¡Tened coraje, esclavos! ¡Levantaos!”
Y culminaba convocando un acto de protesta para el día cuatro en la plaza Haymarket.
Ese día había una multitudinaria concentración y es reprimida. Un artefacto explosivo estalla entre los policías produciendo un muerto y varios heridos. La policía abre fuego contra la multitud e hiere a un gran número de obreros. Se declara el estado de sitio y el toque de queda, deteniéndose a centenares de trabajadores que fueron golpeados, torturados y acusados del asesinato del policía.
Este hecho sirvió de pretexto a la burguesía para iniciar una salvaje represión que incluyó el escandaloso proceso contra los ocho obreros anarquistas, juzgados en un juicio amañado, bajo testigos falsos que incluyó a los propios policías y a cuatro anarquistas comprados, uno de ellos confeso de perjurio; todo apoyado por una campaña de prensa.
El defensor de los acusados, el capitán Black narraba:
“Estos no son felones abominables, sedientos de desorden, sangre y violencia, sino hombres que quisieron la paz, y corazones llenos de ternura, amados por cuantos los conocieron y vieron de cerca el poder y la gloria de sus vidas; su anarquía era el reinado del orden sin la fuerza; su sueño, un mundo nuevo sin miseria y sin esclavitud; su dolor, el de creer que el egoísmo no cederá nunca por la paz a la justicia”.
Samuel Fielden, Oscar Neebe, Michael Schwab, George Engel, Adolf Fischer, Albert Parsons, August Vincent Theodore Spies y Louis Lingg, marcaron el camino. La jornada de ocho horas fue proclamada por el Congreso de la Internacional celebrado en Ginebra y de nuevo en 1889 por el Congreso obrero de París.
Un impulso mayor alcanzó con el sistema socialista adoptado después de la II Guerra Mundial.
Se consolidó y extendió durante todo el siglo XX y se ratifica en el XXI como una de las hazañas más importantes alcanzadas por los trabajadores y celebrada ese día u otro escogido.
Para los cubanos la fecha es día de festividades, los obreros con sus familias van a defender las conquistas alcanzadas en estos 60 años y, a unirse al proletariado mundial en sus justos reclamos por un mundo mejor.












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