Placentera y amena resultó la charla del exboxeador Juan Pérez Domínguez invitado de febrero al ya tradicional “Café Deportivo” que acoge el Centro diocesano Arnoldo Janssen en la ciudad de Holguín.
Nació el 24 de noviembre de 1950 en el poblado de Mir, hoy municipio de Calixto García. La prematura muerte de su madre dejó huérfanos a siete hijos, le obligó a comenzar a trabajar allí con solo nueve años, como fregador de platos en la fonda de los “Hermanos Peña”, para apoyar a la familia, tarea en la que se mantuvo hasta los 16.
Con la mente puesta en un futuro mejor, respondió al llamado de una columna técnico agropecuaria que le puso como prueba de fuego el corte de caña, allí fue distinguido como mejor machetero e invitado a un acto con Fidel. De esa época recuerda haber llenado un saco de arena al que le pegaba golpes para practicarse como boxeador.
Luego, por decisión propia se presenta junto a otros amigos al Comité Militar de la ciudad de Holguín y solicita ingresar en el Servicio Militar General. Es designado para la Unidad Militar 1640, en áreas del antiguo tenis club, hoy Hotel El Bosque.
Allí, tras apuntarse en casi todas las opciones deportivas disponibles, se decide por el boxeo, ante la propuesta del entrenador Pepe Buitrago, pues le permitía salir de la Unidad hacia la sala Henry García, donde se practicaba este deporte.
Con su forma honesta y campechana cuenta como sin competir, por la ausencia de otros representantes en su peso, los 81 kilogramos, logra titularse en un campeonato provincial de tercera categoría en Santiago de Cuba y en otro evento en Camagüey.
Sin tener ninguna pelea oficial, por su peso y condiciones físicas, es llamado a la preselección nacional juvenil bajo la pupila de Sarvelio Fuentes. Con el escaso aval de cuatro combates celebrados, viaja hacia la ciudad soviética de Leningrado a un torneo de “Esperanzas Olímpicas”.
Allí, en su primer combate enfrenta a un púgil de esa propia ciudad con 155 peleas efectuadas, recuerda como antes de comenzar la porfía le temblaban las rodillas por la emoción de estar por primera vez representando a Cuba en el extranjero, esa tensión le pasó factura, pues tras estar ganando el pleito, el quinto en su historia, fue sorprendido por un gancho que terminó las acciones.
Seguidamente participaría en otro torneo de “Esperanzas Olímpicas” en Polonia donde con una victoria y una derrota terminó en bronce.
Con cariño recuerda que en 1969 junto a otros cinco peleadores de las divisiones pesadas estuvo seis meses en una extensa base de entrenamiento en varias repúblicas soviéticas, bajo las riendas de Honorato Espinosa.
Nos cuenta que estuvo 12 años consecutivos (1968-1980) en la preselección nacional, y que como segunda y tercera figura de su división, los 81 kilogramos, viajó 28 veces al extranjero. Ya en esa época la división estaba muy fortalecida y aunque con las principales figuras ganaba y perdía, reconoce que nunca pudo imponerse cuando de discutir la presencia en campeonatos mundiales y juegos olímpicos se trataba.
Rememora que peleó 16 veces contra el matancero Gilberto Carrillo, participante en campeonatos mundiales y olímpicos, con ocho victorias para cada uno, también dividió en sus enfrentamientos ante el guantanamero-camagüeyano Luis Valier, le ganó cuatro de los siete enfrentamientos al también matancero Orestes Pedroso, venció en cinco oportunidades y perdió solo una vez ante el capitalino Ricardo Rojas, medallista de bronce de Moscú-80, y ganó un combate y perdió dos ante el santiaguero Sixto Soria, campeón mundial y subtitular olímpico.
Más allá de esa rivalidad en el cuadrilátero, asegura Juan que mantuvo excelentes relaciones con todos ellos, especialmente con Carillo y con Soria.
Reseña que en la Isla de la Juventud enfrentó un tanto confiado a Pedroso, a quien lo había vencido tres veces, y este lo tiró cuatro veces a la lona. Con excesiva confianza también afrontó una pelea ante un joven peleador boricua que por cada golpe que le tiraba le respondía con cuatro, no solamente perdió el combate sino que pasó dos días en su habitación por las condiciones en que le dejó el rostro.
Recuerda con lujo de detalles las tres peleas efectuadas contra Teófilo Stevenson, a quien no logró vencer pero de las que salió ileso, incluso en 1970 en la Ciudad Deportiva de La Habana, en la eliminatoria para los Centrocaribe de Panamá cayó 4-1.
Su segundo combate fue en Las Tunas cuando el gran campeón se preparaba para un mundial y lo llamaron a Holguín, ante la ausencia de un peleador villaclareño, Rivalta, que no asistió a la convocatoria. Su última confrontación fue en una pelea de exhibición en la Feria Agropecuaria de Bayamo.
En esa época, nos asegura Pérez Domínguez, que él era quien mejor realizaba los sparring ante Stevenson. De “Teo” recuerda su humildad y nobleza, y nos cuenta que, ya como entrenador, en una Copa de Moa le tocó subir en la esquina opuesta del flamante campeón a un debutante, pero él previamente conversó con Stevenson y le solicitó que lo sobrellevara, y Stevenson cumplió con su palabra.
Con orgullo se refiere a sus 13 participaciones en los torneos internacionales “Córdoba Cardín”, en 11 de los cuales resultó medallista, con cosecha de una de oro, en el de 1977 en Santiago de Cuba, donde puso fuera de combate al búlgaro Milán Kalinor, cinco de plata e igual cantidad de bronce.
Reconoce como su principal virtud en el boxeo, además de la disciplina y tenacidad, su pegada, muestra de ello es que de las 187 victorias obtenidas en sus 229 peleas efectuadas, 96 finalizaron antes del tiempo reglamentario, sin embargo nunca sufrió un KO fulminante.
No obstante, el hecho más renombrado en su carrera fue el fulminante nocaut propinado al boricua José Rosa en el Cardín de 1976, celebrado en la provincia de Pinar del Río, fue un derechazo de contragolpe en el primer minuto del asalto inicial.
Nos cuenta que su adversario estuvo varios minutos sin volver en sí, mientras él sin bajar del cuadrilátero esperaba por la recuperación del mismo. En el hospital pinareño mantuvo comunicación con La Rosa mientras se restablecía, y luego estuvo en contacto permanente con sus familiares en Puerto Rico.
Aunque peleó hasta los 30 años pudo hacerlo muchos más a no ser por sus 13 fracturas en su mano derecha que lo llevaron varias veces al quirófano, donde el profesor Rodrigo Álvarez Cambra le eliminó prácticamente algunos nudillos, extrayéndole el tejido óseo, que le obligaban a golpear con la parte interior de la mano.
Su pasión por la pelota afloró en la divertida plática, pues con 15 años la practicó entrenado por “Sagua” quien le vio condiciones físicas, le gustaba la receptoría y usaba el número 22 en el uniforme, el mismo que Ramón Hechavarría, pero atestigua que realmente “era malo en la pelota, no me entendía con las curvas”.
Con gusto contestó las numerosas preguntas de los participantes, todos con una amplio expediente en el ámbito deportivo, y explicó que la casi desaparición de los nocauts en el boxeo aficionado se deben al aumento del grosor de los guantes, los cuales antes se rellenaban con pelo de caballo.
Se refirió a la aparición de un estilo en el boxeo cubano, el de danzar en el ring, que no era habitual en su época donde contados púgiles lo practicaban, como el avileño Armandito Martínez, campeón olímpico de Moscú-80.
Mencionó a Mario Kindelán, Ángel Espinosa y Ricardo Díaz como lo mejor del boxeo holguinero en la etapa revolucionaria, y de su época recordó a Giraldo Despaigne, con quien peleó en varias ocasiones.
Por cierto en su último evento, en el Cardín de 1980 celebrado en Holguín, le correspondía discutir la plata y el pase a la final ante Despaigne, pero como ya culminaba su carrera acordó con Buitrago no presentarse para que su coterráneo intentara seguir ascendiendo. En la final Despaigne se tituló al derrotar al pinareño Hemeregildo Báez.
Mencionó con afecto y agradecimiento a sus entrenadores, como los holguineros Enrique Echevarría y Pepe Buitrago, así como a Sarvelio y Honorato.
Hoy, jubilado hace dos años, continúa laborando voluntariamente con el entusiasmo de siempre, entrenando a niños en la Academia del reparto San Field, “la Castellanos”, y en espera que la dirección de deportes le oficialice un contrato laboral.











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