El 10 de septiembre no es una fecha cualquiera en el calendario de la asistencia pública. Hoy se celebra el Día del Trabajador Social, recordando aquel año 2000 en que el Comandante en Jefe Fidel Castro gestó este programa con la convicción de que la justicia social requería de una tropa joven, sensible y dispuesta a llegar a cada rincón de nuestra geografía.
Desde su nacimiento, a estos profesionales se les bautizó con una definición que trasciende cualquier trámite burocrático: médicos del alma.
Y es precisamente en Holguín, con su vasta y compleja extensión territorial, desde la bulliciosa Ciudad de los Parques hasta las comunidades más intrincadas del Plan Turquino y los barrios periféricos, donde esa «medicina» espiritual y práctica se hace más urgente y necesaria que nunca.
La labor de los trabajadores sociales no se limita a llenar expedientes o tabular cifras; su verdadera función radica en tocar a la puerta, mirar de frente al necesitado y entender las heridas invisibles del entorno familiar y comunitario holguinero.
Llegue la felicitación para esa tropa que, día tras día, sale a las comunidades a ejercer el arte de la empatía. Sin embargo, homenajearlos exige también reconocer la extrema complejidad de su trinchera diaria.
Ser trabajador social en el Holguín de hoy es una tarea titánica. La provincia, con marcadas dinámicas demográficas como el acelerado envejecimiento poblacional y el incremento de familias en situación de vulnerabilidad, demanda un acompañamiento constante y a pie de obra.
Todo esto ocurre en un contexto socioeconómico nacional que atraviesa una severa escasez de recursos e insumos para la ayuda directa. Dar la cara ante estas urgencias cotidianas en cada consejo popular y circunscripción de los 14 municipios de la provincia, cuando las respuestas materiales no siempre están a la mano, requiere un valor humano extraordinario.
Es exactamente en el epicentro de las carencias donde este oficio adquiere su dimensión más ética. Puede faltar el recurso material, pueden demorar las soluciones tangibles, pero en los barrios lo que jamás puede perderse es la sensibilidad humana ni la vocación de acompañar al otro.
Cuando la economía flaquea, la escucha atenta, la orientación oportuna, la gestión incansable y el calor humano se convierten en el primer y más importante recurso de apoyo.
El gran reto del trabajador social contemporáneo en Holguín es fortalecer su labor desde la base, con un enfoque proactivo y preventivo enfocado en el desarrollo de cada territorio.
Es mantener viva esa llama con la que nació el programa: defender la dignidad de los más vulnerables a través de la presencia, el afecto y el compromiso de no dejar a nadie desamparado.
Este jueves, mientras la Tribuna Antiimperialista José Martí en La Habana acoge el acto central por la fecha, aquí, en la geografía holguinera, el verdadero homenaje ocurre tal vez en silencio.
Sucede cada vez que un anciano solo, una madre en apuros o un vecino vulnerable encuentra en el trabajador social, más que a un funcionario, una mano amiga que le devuelve la esperanza, un catalizador entre la comunidad y el resto del entorno que los rodea.
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