La Virgen de todos, de nipe para Cuba

Por: Daimy Peña Guillén
Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba

El salitre penetra en los labios y el viento del norte bate sin piedad sobre las aguas de la Bahía de Nipe. Quien se ponga de pie hoy en las orillas de este litoral holguinero, mirando hacia la inmensidad del agua, difícilmente pueda abstraerse de la fuerza del mito. Fue aquí, sobre estas mismas olas quietas o embravecidas, donde hace más de cuatro siglos tres hombres sencillos tropezaron con el milagro que definiría el alma de toda una nación. Para el resto del mundo, la Virgen de la Caridad del Cobre es la Patrona de Cuba; para la Iglesia, un símbolo de fe venerado en su santuario de El Cobre, en Santiago de Cuba.

Pero para nosotros, los holguineros, la historia tiene un sabor distinto, más íntimo, casi cotidiano. La Caridad no nació en un templo ni nos llegó en el equipaje de un conquistador español: emergió de nuestras aguas, respiró por primera vez en nuestro aire y dio sus primeros pasos en esta tierra generosa.

Hay que imaginar la escena a principios del siglo XVII, hacia 1612 o 1613. El sol abrasador caía sobre tres buscadores de sal que remaban en una pequeña embarcación por la bahía: los hermanos Juan y Rodrigo de Hoyos, indígenas de pura sangre, y el pequeño Juan Moreno, un niño negro esclavo de apenas diez años. La historia popular los bautizó para siempre como «los tres Juanes», una trinidad modesta que condensaba, sin saberlo, la mezcla racial que apenas comenzaba a gestarse en la isla.

Buscando sal para conservar la carne del hato de Barajagua, vieron a lo lejos un bulto blanco flotando en el agua. Al acercarse, la sorpresa desplazó al cansancio: sobre una tabla labrada descansaba una pequeña imagen de la Virgen María sosteniendo al Niño Jesús en el brazo izquierdo y una cruz de oro en la mano derecha. En la madera, unas letras claras desafiaban la corriente: «Yo soy la Virgen de la Caridad». La ropa de tela con la que venía vestida estaba insólitamente seca.

Años más tarde, ya anciano, el propio Juan Moreno relataría con detalle este instante bajo juramento eclesiástico ante los archivos de Indias. Ese testimonio escrito fijaría para la eternidad la certeza de lo que los holguineros siempre hemos sabido: el corazón espiritual de Cuba empezó a latir en Nipe.

Caminar hoy por la zona de Mayarí es desandar las huellas de aquel primer viaje. Tras sacarla de las aguas, los buscadores de sal llevaron la imagen a Cayo La Virgen y, posteriormente, a Barajagua, donde los vecinos le improvisaron un humilde altar en un bohío. Barajagua se convirtió así en la primera casa, el primer templo improvisado donde criollos, indios y africanos se arrodillaron juntos por primera vez.

Ambos sitios, protegidos hoy con el título de Monumentos Nacionales, son paradas obligatorias para quienes recorren el «Camino de la Virgen». Aunque el destino final de la imagen fue la villa minera de El Cobre, el cordón umbilical jamás se cortó. Cuando los fieles emprenden la peregrinación hacia el Santuario Nacional, para el holguinero la travesía no empieza en Santiago; empieza en el punto exacto donde la tabla tocó la orilla de la bahía.

Si algo nos llena de un orgullo visceral es el carácter esencialmente cubano de esta devoción. La Virgen no vino impuesta por la metrópoli; brotó de la cotidianeidad del trabajo rural. Por eso, cuando los cubanos se lanzaron a los campos de manigua a combatir por la independencia en el siglo XIX, la Virgen se fue con ellos.

Se convirtió en la «Virgen Mambisa». Los libertadores llevaban su efigie prendida en el pecho como un escudo protector, y el general Antonio Maceo conservaba con celo un escapulario con su imagen. No fue una casualidad que, al término de las luchas independentistas en 1916, fuera el propio Papa Benedicto XV quien la declarara Patrona de la República de Cuba, dando respuesta a una emotiva carta firmada por los veteranos de las guerras mambisas.

A esta fuerza patriótica se le suma el tejido vivo del sincretismo afrocubano. En las casas de Holguín y de toda Cuba, el mantel amarillo, los girasoles y las velas no solo honran a María: saludan también a Ochún, la orisha de las aguas dulces, la belleza y la sensualidad en la tradición yoruba. En esa dualidad perfecta habita la síntesis de lo que somos.

En Holguín, la fe no forma parte del pasado ni habita únicamente en los libros de historia. Se siente en la transmisión matutina de la radio local cuando anuncia una novena, en los altares caseros donde nunca falta una estampa desgastada por los años, y en las conversaciones de los abuelos que aseguran que las aguas de Nipe guardan aún una bendición especial.

Estar parado frente a la Bahía de Nipe, sintiendo la brisa marina golpear el rostro, es entender que la identidad holguinera no se explica solo a través de sus parques o sus lomas. Se explica en esa tarde lejana de 1612, cuando tres marineros sencillos levantaron del agua una pequeña tabla de madera y, sin saberlo, rescataron el símbolo que mantendría unido a todo un pueblo.