En la memoria de la cultura gastronómica de la ciudad de Holguín hay nombres propios que no necesitan presentación, y en el restaurante Polinesio trabaja uno de ellos.
Y detrás de su historia, de sus mesas llenas y su mística de servicio, está Maritza Rodríguez Moro, una mujer que ha crecido junto al lugar, hasta convertirse en parte esencial de su identidad.

Maritza, no solo ha sido testigo de los cambios del diseño del Polinesio, porque los ha vivido en persona. Entró con apenas 17 años, el 16 de febrero de 1984, y desde entonces no se ha separado del restaurante, que hoy considera su segunda casa.
«Entré siendo prácticamente una adolescente —recuerda—. Comencé como auxiliar de limpieza, pero desde el principio me dijeron que podía superarme. Me mandaron a pasar cursos, fui aprendiendo, y poco a poco fui pasando por varias plazas hasta quedarme como dependiente».
Ese contacto directo con los comensales marcó su vocación. Nunca quiso estar detrás de una barra. Lo suyo era la sala, la gente, la conversación breve entre plato y plato.
«Me gustó atender, me gustó ese vínculo con el cliente, y ahí me quedé», afirma con naturalidad.
A lo largo de más de cuatro décadas, Maritza ha visto transformarse el restaurante: en sus platos, en su ambientación, en su público. Sin embargo, hay algo que insiste en no cambiar.
«El servicio siempre ha sido el mismo —asegura—. Desde que empezamos, hemos atendido con esmero. Los platos pueden variar, pero el amor y la dedicación siguen siendo iguales».
El Polinesio fue, durante años, un espacio singular dentro de la gastronomía holguinera. No solo por su estética exótica, sino por propuestas culinarias que no se encontraban en otros sitios. Esa singularidad es, precisamente, lo que hoy se intenta rescatar.
Entre los platos especializados más esperados, por los consumidores habituales, menciona algunos que forman parte de la memoria colectiva del lugar: la famosa cesta polinesia, el tocinillo del cielo, las maripositas china, la carne asada y los populares «chonguitos».
«Los comensales siempre pregunta por esos platos. Son parte de la historia del restaurante», comenta.
Pero no todo es comida. Maritza también evoca una época en la que el Polinesio se distinguía por su elegancia. La etiqueta de la vestimenta era parte del espectáculo: mujeres con vestidos cuidados, y hombres con guayaberas o trajes.
«Se veía muy lindo el restaurante con aquel personal bien vestido. Eso no deberíamos perderlo», dice con cierta nostalgia.
Hoy, en medio de una nueva etapa marcada por reinauguraciones y esfuerzos por recuperar la esencia del lugar, Maritza mantiene intactas sus expectativas: ver nuevamente el restaurante lleno y a los clientes satisfechos.
«Quiero que vuelva a tener la misma afluencia de antes, que se llene y que el público se vaya complacido», afirma.
Hace poco recibió la Medalla por más de 10 años de trabajo, otorgada por el Sindicato de Trabajadores del Comercio, la Gastronomía y los Servicios. El reconocimiento llega como síntesis de una trayectoria marcada por la lealtad y la entrega.
A sus casi seis décadas de vida, más de 40 dedicadas al Polinesio, Maritza no habla de retiro ni de descanso. Habla de continuidad y en cada servicio, sigue apostando por lo mismo que la hizo quedarse desde el primer día: el amor por atender.
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