Vivir en Cuba se ha convertido en una lucha por la supervivencia, en una especie de batalla que la mayoría libramos a diario, en un escenario complejo marcado por la escasez de combustibles, altos precios de los alimentos, inflación monetaria y muchos otros problemas. Esta situación tiene un impacto directo en la generación eléctrica, así es como marcan su presencia lapidaria los apagones que hoy afectan a gran parte de la población.
En la provincia de Holguín quienes no pertenecemos a los circuitos priorizados o protegidos hemos visto cómo las horas de oscuridad se extienden a 24, 48 e incluso en algunas ocasiones a más de 60 horas ininterrumpidas. Esta realidad se convierte en un desafío monumental para las familias, especialmente aquellas con niños, recién nacidos o enfermos terminales que requieren de cuidados especiales y atención constante que demandan casi siempre el empleo de electricidad.
En este contexto, la mayoría de nosotros nos hemos visto obligados a reinventar nuestra rutina diaria. Restarle horas al descanso más que una opción se ha vuelto necesidad, para con las primeras luces del alba encender el bendito carbón y comenzar a preparar los alimentos antes de ir a trabajar o simplemente para luego poder salir a buscar los productos a consumir en el día.
La presión es aún mayor cuando se trata de productos cárnicos, cuya vida útil se ve drásticamente reducida por las altas temperaturas y la falta de cadenas de frío. Este desafío logístico transforma cada día en una odisea, donde la economía familiar, la planificación y la creatividad juegan su rol primordial para garantizar la alimentación y el bienestar de quienes dependen de ti.
Pese a las adversidades, la resiliencia del cubano me sorprende. Quienes pueden permitirse el gasto millonario que supone instalar en sus hogares sistemas de energía solar fotovoltaica, algunos de ellos se brindan desinteresadamente para cargar celulares y bombillos a quienes no tienen más remedio que acudir a este alivio temporal para sortear los embates directos del apagón al anochecer. La solidaridad entre vecinos aún en tiempos tan difíciles tiene la casi extinta cualidad de volverse un recurso invaluable.
Sin embargo, no todo es positivo, las miserias humanas también encuentran su espacio en tiempos de adversidades. Hay quienes cobran altos precios por la carga de equipos y otros pretenden lucrar con la desesperación ajena con la reventa de productos básicos. Así asistimos a una lección dolorosa en momentos donde no debiera tener cabida. Si bien este fenómeno amerita una reflexión profunda y muy seria será tema de otro trabajo.
En medio de este contexto prefiero quedarme con el principio de cómo las situaciones adversas también sacan a relucir lo mejor del ser humano. En medio de las dificultades, muchos han demostrado su capacidad para ayudar al prójimo, con lo que tienen y en la medida de sus posibilidades. Sobrevivir hoy deberá reflejarse en esos ejemplos de resiliencia y solidaridad que trascienden, para inspirar a otros a actuar y a buscar soluciones.
Creo que la posibilidad de un mañana mejor radica en la capacidad colectiva de superar estos desafíos, en aras de un futuro más esperanzador. Sí, la lucha por la supervivencia continúa, pero también lo hace nuestra determinación de salir adelante.
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