Desde hace un tiempo, Holguín ya no se reconoce como como una de las ciudades más limpias de Cuba.
Hoy, el paisaje urbano lo componen esquinas convertidas en vertederos improvisados, calles donde se obstruye la vía por la basura y un humo que cubre toda la ciudad.
La acumulación de desechos sólidos es el resultado de una cadena de ineficiencias donde la recogida por parte de Comunales, resulta claramente insuficiente y el control sobre los grandes generadores de basura —Mipymes, TCP, y centros estatales— prácticamente no existe.
Cada día que pasa, los montículos crecen, se desbordan e invaden aceras convirtiendo el entorno en un foco permanente de contaminación.
Pero el problema va más allá de lo estético. La basura trae consigo consecuencias directas para la salud pública. Proliferan roedores, insectos, vectores que encuentran en estos vertederos el hábitat ideal.
Ante la falta de soluciones sistemáticas, algunos optan por la quema de basura. Y entonces el aire se carga de humo, de toxinas invisibles, de ese olor persistente que se mete en las casas, en la ropa, en los pulmones. Esto lejos de resolver el problema, lo transforma en otro aún más peligroso.
Y sobre todo esto, sobrevuelan ellas: las auras. Cada vez más visibles, cada vez más numerosas, dibujando círculos en el cielo de una ciudad que parece resignarse a su presencia. Si no me cree, mire cualquier día hacia el cielo, y dígame si no es el síntoma más evidente de un entorno en deterioro.
Si a quien le corresponde resolver el problema no lo hace, debemos hacerlo nosotros, porque es nuestra ciudad, y no debemos acostumbrarnos a ello. A veces presumimos de ser la ciudad más hermosa de Cuba pero hoy, lamentablemente, el presente huele a abandono.
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