La enfermedad nunca avisa, y cuando llega, no solo resquebraja la salud del paciente, sino también la economía de toda la familia. En Cuba, donde la salud pública es un logro defendido y gratuito de la Revolución, el verdadero costo de estar enfermo hoy se paga fuera de las salas de hospitalización. Se paga en las aceras, en los portales y en los quioscos circundantes, donde el bolsillo del cubano trabajador sufre una hemorragia constante. Una odisea cuando la bancarización falla.
Una estancia hospitalaria —larga o corta— rompe cualquier planificación doméstica. El dilema se agudiza para los familiares y acompañantes, quienes, en medio del desgaste físico y emocional, deben garantizar jugos, meriendas y comidas para sostenerse en pie y, muchas veces, para complementar la dieta del propio enfermo.
Es una realidad innegable que la proliferación de las micro, pequeñas y medianas empresas (Mipymes) y los trabajadores por cuenta propia han venido a llenar un vacío de oferta necesaria. Sin embargo, lo que debió ser un alivio se ha convertido en una carrera de obstáculos financieros debido a una resistencia tan ilegal como flagrante: el rechazo al pago electrónico.
El «pantallazo» del engaño en Holguín
El panorama en las afueras del Hospital Clínico Quirúrgico Lucía Íñiguez Landín, en la cabecera provincial de Holguín, es el vivo retrato de esta contradicción. El diseño visual cumple con la norma: los quioscos exhiben con orgullo sus códigos QR de Transfermóvil o EnZona. Pareciera que la modernidad y la bancarización han triunfado. Pero la simulación cae por su propio peso cuando el cliente, celular en mano, pregunta: «¿Puedo pagar por transferencia?» La respuesta, casi unánime y ensayada, es un rotundo «no».
Las excusas van desde la supuesta «caída de la plataforma» hasta la falta de conexión, pasando por la exigencia burda del dinero en efectivo. Para un familiar cuya estadía supera los cinco días, esta negativa no es un simple bache comercial; es un atentado directo a la estabilidad psicológica y económica, y por extensión, un freno a la recuperación del paciente que espera por ese jugo o esa merienda.
La bancarización no es un capricho digital; es una política de Estado diseñada para ordenar las finanzas nacionales y proteger al consumidor. Su evasión no es «astucia criolla», es una violación de los derechos del pueblo.
Este asunto no es nuevo. Ha sido debatido, analizado y criticado en múltiples intervenciones por las máximas instancias del Gobierno y el Partido en la provincia de Holguín. Se han emitido directivas, se han hecho llamados a la conciencia y se han anunciado fiscalizaciones. Sin embargo, la realidad a las puertas del «Lucía Íñiguez» demuestra que las medidas siguen sin hacerse cumplir con el rigor que el momento exige.
¿De qué sirve el diseño de una política económica si el mecanismo de control carece de garras? La falta de exigencia oportuna y de sanciones ejemplares genera una sensación de impunidad donde el comerciante impone sus reglas y el ciudadano de a pie queda totalmente indefenso.
La pregunta que resuena en los pasillos hospitalarios y en las colas de los quioscos sigue siendo la misma y no admite más dilaciones: ¿Hasta cuándo será la población trabajadora, la que vive de un salario estatal, la que deba seguir sufriendo estas distorsiones?
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No se puede seguir hablando alegremente de bancarización en asambleas y reuniones mientras la economía cotidiana de la calle demuestra que el sistema, tal y como se está aplicando (o permitiendo que se aplique), no funciona para las mayorías. El efectivo no puede seguir siendo un fetiche de especulación para unos pocos a costa del sacrificio de los trabajadores.
Hacer cumplir la ley en los entornos hospitalarios no es solo una tarea económica; es un acto de elemental sensibilidad humana y revolucionaria. Quien lucra con la necesidad de una familia en medio de la enfermedad, violando además las normativas del país, no está haciendo comercio: está abusando. Toca a las autoridades locales pasar de la palabra a la acción enérgica, antes de que el costo de la insensibilidad sea impagable.
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