Imagen ilustrativa sobre agresión imperial a Cuba

La guerra como capítulo final de un plan genocida

La historia reciente demuestra que el bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por Estados Unidos contra Cuba nunca ha sido una política pasiva. Las condiciones actuales revelan con crudeza su verdadera naturaleza: un acto de guerra económica diseñado para rendir por hambre y desesperación a todo un pueblo. Un ataque militar directo, en este contexto, sería simplemente la confesión explícita de lo que el imperio ha intentado silenciosamente durante más de seis décadas.

Los datos son elocuentes. Las medidas de asfixia recrudecidas en los últimos años han llevado al país a operar a la mitad de su capacidad de generación eléctrica. Esta no es una crisis espontánea, sino el resultado calculado de una persecución financiera que impide a Cuba adquirir combustible, tecnologías y materias primas en el mercado internacional. Las más de 110 000 cirugías pospuestas no son una estadística fría: son rostros concretos de un pueblo al que se le niega el derecho a la salud como forma de castigo colectivo.

Frente a este escenario de colapso inducido, Cuba ha respondido como históricamente lo ha hecho: con la dignidad de quien no se rinde. La doctrina de la Guerra de Todo el Pueblo, perfeccionada a la luz de las experiencias contemporáneas de resistencia, no es una amenaza retórica sino un principio estratégico de defensa nacional. Cada hombre y cada mujer en esta isla saben que la soberanía no se negocia ni se mendiga; se defiende con el pecho, la inteligencia táctica y la convicción profunda de que una vida sin patria es una vida sin sentido.

Quienes en Washington especulan con un «día después» ignoran la realidad de un país que ha hecho de la resistencia su identidad. Una intervención militar no encontraría un territorio dócil, sino una nación organizada para hacer de cada calle, cada fábrica y cada montaña un bastión inexpugnable. El Primer Secretario del Partido Comunista y Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, lo ha advertido con la claridad que exige el momento: una invasión desataría un baño de sangre de consecuencias incalculables para ambos lados. No es una hipérbole, es la advertencia de un pueblo que conoce el precio de su libertad porque lo ha pagado generación tras generación.

La comunidad internacional no debe llamarse a engaño. Mientras las potencias occidentales guardan silencio cómplice, Cuba resiste con la solidaridad de quienes comparten los principios de un mundo multipolar. El respaldo de naciones como China y Rusia demuestra que la isla no está sola, aunque su principal fortaleza siempre residirá en la voluntad inquebrantable de sus hijos e hijas.

El bloqueo y la amenaza militar son dos caras de una misma moneda imperial. Pero el imperio debería grabar en su memoria la lección que Cuba ha escrito con letras de heroísmo desde 1959: en esta tierra, rendirse jamás ha sido una opción. Y si alguna vez pretenden poner un pie armado en nuestro suelo, comprenderán que la Revolución no es solo un proyecto político; es el alma de una nación dispuesta a defender su independencia con la última gota de sangre.

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