El tiempo continúa su paso y el segundo domingo de mayo marca el calendario. Con él, llega esa interrogante cíclica que desvela a hijos, esposos y nietos: ¿qué regalarle a mamá?
Sin embargo, este 2026, la pregunta no se responde solo con el deseo, sino con un ejercicio de aritmética que muchas veces no cuadra.
En las últimas semanas, los espacios comerciales han intentado vestirse de gala. Un ejemplo notable es la feria «Arte para Mamá», auspiciada por el Fondo Cubano de Bienes Culturales.
En sus stands, como los que rebosaron por varios días las instalaciones de ExpoHolguín, se despliega el innegable talento de nuestros artesanos: calzado de piel, orfebrería de autor, mobiliario de diseño y textiles que deslumbran.
La variedad es, ciertamente, un bálsamo visual. Pero aquí surge la dicotomía: mientras las ofertas deslumbran, el poder adquisitivo de la familia holguinera promedio se enfrenta a una realidad mucho más austera.
Para el «cubano de a pie», cuyos ingresos deben lidiar con una inflación que no da tregua y un costo de la vida que se eleva más rápido que cualquier salario, muchos de estos objetos, por hermosos o cotidianos que sean, se han convertido en artículos de lujo, lejanos e inalcanzables.
El mercado se divide hoy entre quienes pueden acceder a las nuevas formas de gestión y las ofertas en divisas, y aquellos que cuentan los pesos para garantizar el plato de comida diario.
En ese contexto, comprar un perfume de marca o una pieza de cerámica puede significar el presupuesto de todo un mes.
¿Significa esto que el homenaje está suspendido? Rotundamente, no.
Es precisamente en la escasez material donde debe florecer la abundancia del espíritu. Si el bolsillo no alcanza para el zapato de cuero o la joya de plata, que no falte la riqueza del afecto.
Al final del día, lo que queda grabado en la memoria de una madre no es el precio de la etiqueta, sino la intención detrás del gesto.
Un beso temprano, un «te quiero» susurrado antes del café, o esa flor cortada del jardín del vecino, o comprada con sacrificio en la esquina, lleva consigo un peso emocional que ninguna moneda puede comprar.
El verdadero regalo, amén del material que también puede ser válido, es la gratitud, el reconocimiento a ese ser que, en tiempos difíciles, siempre hace magia para que en la mesa no falte lo básico y en la casa no falte la alegría.
Este domingo, que el mayor regalo sea nuestro amor y cariño. Que el detalle, por pequeño que parezca, sea el reflejo de un deseo genuino de verla sonreír.
Porque para una madre, el valor de un presente no reside en su costo, sino en la ternura con que se entrega, el domingo de su agasajo oficial o cualquier otro día.
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