El aire en Holguín hoy no solo trae el aroma de esta tierra y el polvo de la Loma de la Cruz; trae una cadencia que se mete en el pecho.
Este ocho de mayo, Cuba se detiene para celebrar el Día del Son Cubano, pero aquí, en la «Ciudad cubana de los Parques», la festividad tiene un sabor doble: el cierre de las Romerías de Mayo, ese festival que es, por derecho propio, el epicentro del arte joven y la resistencia cultural.
La elección de esta fecha no es casualidad, marca el pulso de la historia musical cubana al coincidir con los natalicios de dos titanes: Miguel Matamoros, el sastre santiaguero que vistió al son de elegancia con su trío eterno, y Miguelito Cuní, la voz de cristal que elevó el género a los altares de la interpretación.
Instituido oficialmente en 2020 por iniciativa del fallecido maestro Adalberto Álvarez, el “Caballero del Son”, este día recuerda que el son es el tronco común de nuestra identidad, la columna vertebral que sostiene desde la salsa más moderna hasta la timba más urbana.
Mientras en toda la isla las guitarras y los bongoes rinden tributo a los maestros, en Holguín las Romerías de Mayo llegan a su clímax. Bajo el lema “No hay hoy sin ayer”, esta edición, dedicada al pensamiento de Fidel Castro y a los 40 años de la Asociación Hermanos Saíz, ha vuelto a demostrar por qué es el Festival Mundial de Juventudes Artísticas.
La vinculación es sólida. No se puede defender el arte joven sin honrar las tradiciones que le dieron vida.
En las plazas holguineras, el congreso de pensamiento «Memoria Nuestra» ha debatido durante toda la semana sobre la identidad, mientras que en las esquinas, los trovadores y jazzistas noveles han dejado claro que el Son no es una pieza de museo, sino una materia viva que se transmuta en las manos de los nuevos creadores.
Este viernes, el ambiente es de despedida y triunfo. Las Romerías cierran con la tradicional “Siembra del Árbol de la Fraternidad” y el ascenso del Hacha de Holguín, pero la banda sonora es, inevitablemente, sonera.
El concierto de clausura, protagonizado por figuras como Issac Delgado, es el puente perfecto: la sofisticación del sonido contemporáneo apoyada en la clave cubana que Matamoros y Cuní definieron hace un siglo. Es el diálogo entre la tradición que nos define y la vanguardia que nos proyecta.
Al caer la noche, cuando el último acorde de un tres resuene en el centro de la ciudad, quedará claro que el ocho de mayo es más que un día en el calendario. Es la confirmación de que, mientras existan jóvenes dispuestos a subir la Loma de la Cruz con un proyecto bajo el brazo y una clave en el corazón, la cultura cubana seguirá siendo ese eterno son que nunca deja de evolucionar.
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