Reinaldo Arenas, escritor, Cuba
El escritor cubano Reinaldo Arenas. Foto: Archivo

Cuatro Jíbaros en busca de Reinaldo Arenas (I)

El punto de recogida era la casa de un guajiro aplatanado en la ciudad, hace ya algún tiempo, miembro del taller de literatura y amante de las lecturas de Arenas tanto como el resto de los excursionistas.

Éramos cuatro, yo había entrado en el convoy por añadidura luego de una invitación fugaz y casi enigmática. Solo dije que me apetecía, aunque lo que tuviera sobre mis sienes fuera aquella lectura brevísima de «Antes de que anochezca», obra póstuma del autor en cuestión.

Aquello parecía una locura; un realista sucio, un Testigo de Jehová, un masón y una feminista que dicho sea de paso, era agnóstica.

—Vamos señores que ya son las 8:30 y hay que regresar antes de las 12- Masculló el dueño de la casa.

Mientras tanto, todo el mundo estaba reunido en el techo de la misma. Varias macetas dejaban ver pequeños y delicados cactus. Un contraste extraño entre estos y el caserío que se amontonaba detrás.

En vez de criar palomas- me dije- es más cubano, más de barrio.

No podía hacer nada contra lo diferente, incluso, aquello me gustaba, me recordaba a mi casa en Bayamo y el jardín acomodado de mi madre, con sus orquídeas y helechos pegados a la pared.

Conté uno por uno los escalones. Qué manía de hacer las escaleras tan inclinadas, de hierro oxidado, como si varios ciclones los hubieran virado hasta quedarse confundidos y no saber si iban subiendo o bajando.

Parecía una anciana. Sujetándome de la placa, apoyándome en una cabilla endeble que había por barandal y pegando el grito en cielo. Sabía que el chucho no me lo quitaba nadie.

Finalmente logré pisar tierra firme, bueno, fango. La lloviznita del día anterior dejaba sus estragos en la periferia de la ciudad. Todos recogimos nuestros paquetes y dividimos cargas entre las dos motorinas que había por transporte.

Yo me fui con el profe, el realista sucio. Y aquella combinación nefasta de sabores, el masón y el Testigo de Jehová, se unieron, con una mata de ficus en la espalda. Luego me enteré que Heredia, que es como se llama el Testigo de Jehová, había encontrado un retoño en medio del Parque Calixto García y lo recogió, como quien adopta a una mascota callejera con el creo de que se le diera aquella planta y mire usted que se le dio.

Ya andaba rondando el metro, si contamos las raíces, por supuesto. Había crecido fuerte y estaba lista para fungir como bandera en terreno sacro. Las intenciones eran plantarla al lado de cualquier cosa que encontrásemos y que llevara la impronta de Reinaldo Arenas, tal vez el piso de tierra del bohío en el que vivía y de donde seguro nació Celestino antes del Alba, su primer libro, único publicado en Cuba allá por 1967.

El camino era por toda la carretera de Gibara. Las pocas instrucciones que teníamos nos orientaban un poco después del punto control, en la primera entrada a mano derecha y seguir recto, muy recto, hasta perderse entre terraplén y marabú silvestre.

Perronales parecía un pueblito desierto. Inicialmente se veía este movimiento pausado, como de domingo, sin embargo, los niños entrando a las escuelas, evidenciaban las jornadas productivas de la semana.

Las pequeñas elevaciones se hacían cada vez más difíciles de pasar. Las piedras chocaban con el reposapiés de la motorina y en algún punto tuvimos que bajar para evitar dañarla.

—Graba, graba eso, dijo el profe.

Glen, el masón, había elevado la planta de ficus por encima de su cabeza, en el pico de una loma, bendiciéndola en el aire, buscando la aprobación del resto de animales que se habían reunido allí. Mientras tanto, el profe arriaba la motorina como si de un burro se tratase, aunque aquellos sonidos que hacía con la boca eran dedicados a hacer caminar a los caballos cerreros.

Luego, la dificultad empezó a subir de nivel. De un pequeño charquito pasamos a un riachuelo estancado con un puente no muy fiable. Pero la imagen era tan hermosa, me imaginaba un claro transparente, este era el inicio. Tal vez las piedras no permitían que el flujo del agua corriera con libertad.

Si tan solo fueran las piedras. A unos cuantos metros, un vertedero, calcinado, mostraba signos de nueva acumulación de desperdicios que desembocaba en el arroyo y contaminaba las aguas.

Las latas aplastadas seguían retozando en el terraplén. Continuamos hasta no divisar más el humo y la barbarie de la «ciudad». Una señora cortaba marabú para prender la cocina de leña y el esposo, un poco más entrado en canas que ella, retomaba la tarea que había dejado para refrescarse con un jarrito de agua.

Lo siguiente, era monte limpio. Ni una casa.

Luego de 15 minutos andando aproximadamente por fin se veían algunas edificaciones rurales, ¿lo extraño?, todas cerradas. Portones censurados con grandes cadenas oxidadas y ventanas bien ajustadas desde el interior. Tal vez llevaban tanto tiempo cerrado que parecían tapiadas por completo, con el polvo saliéndole de las hendijas. ¡Benditas hendijas!

«Abuela, me dijo que dejara las hendijas abiertas porque su madre venía todas las noches en cuanto empezaba a soplar el aire»– algo se me estremeció por dentro.

—Esto es Comala, no hay ni un alma.

—No puede ser que no haya nadie.

—Mira, acabo de venir de aquella casa y solo se sienten pájaros.

—¿Pájaros? Jajajaja no puede ser

—Te lo juro. Son como tres o cuatro especies. No distingo cuáles pero sus cantos son diferentes.

—Yo voy a verificar.

—Mira creo que veo a alguien. Olvídalo, era un pedazo de nylon negro. Definitivamente me tengo que graduar la vista.

—Pero… ¿quién dejaría a todos estos animales atrás? Imposible que se hayan ido y al menos no vendieran las gallinas o el propio caballo a otro guajiro.

Heredia había salido disparado por aquel camino para comprobar la existencia de personas en el  lugar. Mientras, el profe se perdía detrás de unos cachivaches herrumbrosos en sentido contrario.

—Ven, te voy a enseñar para que luego no digan que estoy loco.

—Oye, se escucha, sí ¡Qué lindo!

Por un minuto fantasee con la idea de que aquella casa estuviera habitada por aves mitad humanas. No hablaban, solo se comunicaban por sus cantos. Eso explicaría tanto encierro. Seguro construyeron estas jaulas grandes, de concreto y se mantenían recluidos hasta que cayera la noche y fueran libres de volar sobre las cabezas dormidas de las gentes.

Quise ser de esas aves, libres, y que dentro de esa libertad escogieran vivir dentro, acurrucados entre ala y ala, conscientes de su diferencia. ¡Pero libres coño!

Un grito me sacó del letargo en el que estaba, el profe había encontrado algo o a alguien. Fuimos corriendo entre las piedras del camino. Doblando por un montón de madera cortada, se encontraba un matrimonio, con una niña, tan quemada por el sol como ellos mismos.

El hombre, sentado sobre un carretón rústico y burdo, escuchaba atentamente la explicación que nos daba su mujer. Y la niña, desaliñada aún por las horas tempranas, jugaba con una jabonera vieja mientras chupaba un caramelo azuloso.

La casa era de yagua seca y de tablas de palmas dispuestas casi por descuido. Algunos trapos viejos asomaban entre tabla y tabla y pedazos de zinc aparecían orientados hacia el sol, como parches poco uniformes, tal vez para tapar las goteras o para que no entren primos de celestinos buscando totises o madres de primos de celestinos con una garrocha en la mano.