Recientemente, se dio a conocer un lamentable suceso que puso en vicio la estabilidad del servicio eléctrico en el municipio de Moa. Gracias a la rápida y coordinada actuación de las fuerzas del Ministerio del Interior (Minint), fueron capturados y puestos bajo proceso penal los autores del robo de aceite dieléctrico en transformadores de esa localidad.
El hecho, que ya recibe el tratamiento legal correspondiente, no solo implicó la sustracción de un recurso costoso, sino que puso en riesgo técnico a equipos vitales que son hoy extremadamente difíciles de reponer debido a las limitaciones financieras y el cerco económico que enfrenta el país.
Ante la gravedad de lo ocurrido, se anticipa que tanto la investigación como las sanciones se aplicarán con la firmeza y severidad que el ordenamiento jurídico cubano establece para este tipo de agresiones al patrimonio nacional.
Sin embargo, cuando el polvo de la detención se asienta, queda una pregunta que nos obliga a ir más allá del reporte policial: ¿qué pasa por la mente de alguien que decide lucrar a costa de la tranquilidad de sus propios vecinos?
Detrás de este robo hay un profundo acto de desapego y falta de humanidad. Un transformador no es solo una pieza de metal y cables; es el punto crítico donde la electricidad se vuelve doméstica para entrar en el hogar de un anciano, en la cuna de un niño o en la sala de un hospital. El aceite que lo enfría y aísla es el «seguro de vida» de ese servicio. Quien lo sustrae para beneficio personal está, en esencia, vaciando el bienestar colectivo para llenar un bolsillo individual.
En medio de la actual crisis energética, cada infraestructura se vuelve sagrada. Salvaguardar lo que tenemos no es solo una responsabilidad de las autoridades; es un acto de soberanía cotidiana. La irresponsabilidad social de unos pocos no puede pesar más que la necesidad de estabilidad de la mayoría.
La prevención real no solo vendrá del rigor de la ley, sino de la restauración de la conciencia. Debemos entender que el patrimonio común es el sostén de nuestra resistencia. Denunciar estas fechorías y cuidar lo que es de todos no es solo una opción, es la única vía para garantizar que la luz —en todos los sentidos— siga llegando a cada hogar. En Cuba, cuidar lo común es también una forma de defendernos.
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