Cartel del fime Cumbres Borrascosas

Cumbres Borrascosas: ¿Homenaje o sombra de la Brontë en el nuevo cine?

No es una historia de amor, es una historia de propiedad, de venganza y de una sed de absoluto que la muerte no puede saciar. Llevar Cumbres Borrascosas a la gran pantalla siempre ha sido un acto de audacia suicida. No es solo adaptar una novela, es intentar embotellar un relámpago.

La reciente versión cinematográfica ha llegado a nuestras salas y redes con el estruendo de un temporal en páramos de Yorkshire, obligándonos a preguntarnos, entre el humo de un café y la luz de la pantalla, si este Heathcliff moderno tiene el «aché» necesario para calcinar nuestra memoria como lo hizo la pluma de Emily Brontë.

Desde el primer encuadre, la cinta nos golpea con una visualidad que es, a la vez, su mayor gloria y su propia trampa. La crítica de arte reciente no ha tardado en señalar su estética neogótica cruda, que huye del preciosismo de postal para abrazar el barro y la neblina.

Es un acierto técnico indiscutible: la fotografía parece extraída de un lienzo de Friedrich, donde el hombre es una mancha insignificante ante la naturaleza hostil. Sin embargo, en ese afán por la composición perfecta, la película a veces se queda en el «cuadro vivo», perdiendo el ritmo cardíaco de una historia que, más que verse, debería sentirse como una herida abierta.

Enlazando con esta frialdad visual, tropezamos con el gran sacrificio de la puesta: el silenciamiento de la palabra. Emily Brontë no escribía diálogos, lanzaba conjuros, ráfagas de una metafísica del deseo que bordeaba lo sagrado. «Yo soy Heathcliff», gritaba la Cathy literaria, decretando una fusión de almas que el cine actual ha decidido susurrar o, peor aún, omitir.

Al preferir el minimalismo expresivo y el naturalismo contemporáneo, el guion le arranca a la obra su preciosismo incendiario. Se extraña esa retórica salvaje que convertía cada encuentro en un duelo de titanes; aquí, la pasión se reduce a lo físico, descuidando ese «fuego interno que no se explica con imágenes», sino con la elocuencia de quien sabe que el amor es una forma de posesión absoluta.

Esta carencia del verbo sagrado influye inevitablemente en la evolución de sus protagonistas, quienes caminan por el celuloide como sombras de un mito.

El Heathcliff de esta entrega es una fuerza de la naturaleza, un animal herido por el odio de clase y el desprecio, logrando una transformación de paria a demonio que es, quizás, lo más sólido de la cinta. Pero, ¡ay de nuestra Catherine!, que en esta versión parece más una víctima de las circunstancias que esa fuerza egoísta y volcánica que prefiere romper el mundo antes que doblar su voluntad. En el papel, eran dos astros colisionando; en la pantalla, son dos jóvenes incomprendidos bajo la lluvia, perdiendo ese matiz de «fatalidad griega» que hace que la novela sea eterna.

Infografía sobre filme Cumbres BorrascosasNo obstante, hay que reconocerle un mérito que muchas versiones anteriores cobardemente ignoraron: la inclusión de la segunda generación. Al rescatar a Catherine hija y a Hareton, la película comprende que la tragedia de los Earnshaw y los Linton no es un romance de temporada, sino una saga de degradación y redención que atraviesa el tiempo. Es aquí donde la cinta recupera un poco de ese aliento épico, mostrándonos que, aunque el odio sea una herencia pesada, siempre queda un rincón para la luz entre las ruinas de la mansión.

En definitiva, estamos ante un festín para los ojos que nos deja en ayuno literario. Es una obra necesaria para entender cómo el cine contemporáneo intenta domesticar lo indomable, pero que para el lector cubano —siempre sediento de la palabra vibrante— se queda a medio camino entre el arte y el artificio.

Es bella, sí, y cruda como el invierno inglés, pero le falta ese «algo» místico que nos haga salir del cine sintiendo que nosotros también somos el páramo. Un páramo que envuelva tanto con la imagen creada por la Emily Brontë hace desear cambiar el final de la novela y que Heathcliff encuentra Catherine viva.