Pinares de Mayarí es uno de los parajes más pintorescos y sui géneris de la geografía cubana, de valor ecológico, forestal y paisajístico. Sus extensas plantaciones de pino, tierra roja, miradores y bellos saltos de agua, así lo confirman.
A mediados de los años 60 del pasado siglo XX, para llegar hasta la meseta donde está enclavada dicha locación, actualmente zona protegida, la única opción era a través de la loma La Bandera. ¿Por qué el nombre? Porque los vehículos cuando transitaban por ella no podían cruzarse por la estrechez de la vía que daba acceso.
Entonces los choferes portaban una bandera que al llegar a su destino se la entregaban a quienes aguardaban para bajar, y viceversa.
Y en ese exclusivo mundo de la naturaleza, hace más de cuatro décadas el Comandante en Jefe Fidel Castro creó un Instituto Técnico de Vegetales con el aseguramiento de tiendas de campañas provisionales para dormitorios y aulas de alumnos y claustro de profesores de todas las regiones de Cuba.
Un día estábamos practicando deportes en una espaciosa explanada en el centro de las instalaciones, cuando de pronto apareció un jeep Gaz- 69, cuatro puertas. Un hombre barbudo, con uniforme de verde olivo, se bajó del vehículo, dejamos la pelota de fútbol a un lado y corrimos hacia él. Era Fidel Castro.
A su alrededor le hicimos un coro espontáneo, todos queríamos estar cerca de él lo más posible, hasta que nos dijo: «Pórtense bien para poder conversar con ustedes, la próxima vez que venga tengan más disciplina».
Ese día el director de la escuela, de apellido Lara, nos advirtió que cuando Fidel volviera no nos abalanzáramos hacia él.
Y efectivamente, llegó la segunda visita, de nuevo corrimos, pero como una especie de trasmisión de pensamiento antes de llegar a él nos detuvimos casi al unísono, estaba acompañado de conocidas personalidades políticas en vehículos que lo secundaban.
En otra ocasión nos invitó a jugar pelota, en un campo ya preparado contiguo a la falda de la loma La Mensura, casi mil metros sobre el nivel del mar; y a las instalaciones del futuro instituto, de construcciones confortables, en contraste con las improvisadas tiendas de campaña.
El roster de su equipo lo conformaban Fidel Castro, pitcher; el presidente de la República Osvaldo Dorticós, segunda base; el presidente del Inder, José Llanusa, primera base; y Osmani Cienfuegos, jardín derecho. No recuerdo los demás integrantes. Y fuera del cuadro, Celia Sánchez Manduley, sentada en el césped, mientras el Comandante, médico, René Vallejo, se movía de un lugar a otro.
Al pitcher nuestro, un moreno de Guantánamo, cuando le tocaba lanzarle al Comandante, no le aproximaba la bola, pero el jefe rebelde, ansioso por batear le repetía: «Tienes miedo a que te la bote, pásala por ahí…» Al final del encuentro nos ganaron 8 por 6; y Fidel terminó líder en bases por bolas.
Pero esto no fue el epílogo durante el primer año en el instituto, en la visita conclusiva nos reunimos con él nuevamente. Esta vez correctamente formadas las ocho brigadas que integraban la estructura de la escuela.
Empezó hablando de la importancia de proteger la tierra para la agricultura y terminó proponiéndonos cambiar la función del centro.
En lugar de Instituto Técnico de Vegetales, cambiarlo por Instituto de Conservación de suelos. Sometió a votación la propuesta y solamente dos estudiantes no levantaron la mano de aprobación.
Y cuando rompimos filas para volver a las actividades cotidianas, como la docencia o el trabajo en la cosecha de tomates, Fidel regresó. Ipso facto volvimos a formar esperando una buena nueva; pero nada, llegó hasta donde estaba parado y levantó la mano para coger el resto del tabaco que había puesto en la orqueta de una mata mientras se dirigía a nosotros.
Durante esos años de mezcla entre adolescencia y juventud me llamó la atención el hecho de que el máximo líder del país vino desde La Habana a proponernos algo así y someterlo a votación.
Después supimos que Fidel continuó recorridos por Pinares, territorio caracterizado por un microclima de frecuentes neblinas, temperaturas frescas, agua bien fría en sus manantiales, de locaciones que sirven de mirador con espectaculares accidentes geográficos como el salto de agua El Guayabo, el más alto de Cuba, relativamente cerca de su natal Birán.
Con información de Roger Aguilera Morales/Agencia Cubana de Noticias
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