El viento que sopla desde la Loma de la Cruz no solo trae el aroma del salitre del Atlántico; trae consigo un murmullo de faldas de mezclilla y botas de miliciana. Para entender el legado de Vilma Espín Guillois en la mujer cubana hay que caminar por las calles empedradas de Holguín y mirar a los ojos de quienes, hace seis décadas, cambiaron el fogón por el pupitre y la azada por el derecho a decidir.
En la década 60, en los intrincados parajes de Mayarí y Sagua de Tánamo, ser mujer era un destino trazado por el silencio y la maternidad obligatoria. Pero Vilma, con su dulzura de soprano y su firmeza de acero, llegó a estas tierras orientales no para imponer, sino para fundar.
La creación de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) en 1960 encontró en Holguín un terreno fértil y a la vez hostil. Fue aquí donde las primeras delegaciones tuvieron que convencer a los maridos de que el estudio no quitaba la «decencia» y que el trabajo fuera de casa era la verdadera libertad.
La mujer holguinera se distingue por una mezcla de tenacidad académica y resistencia cotidiana. En el Centro para la Investigación y Rehabilitación de las Ataxias Hereditarias (CIRAH), referente mundial ubicado en Holguín, las batas blancas son portadas mayoritariamente por mujeres que personifican la superación técnica que Vilma tanto impulsó.
En las cooperativas de Gibara, no es extraño ver a mujeres dirigiendo la producción tabacalera o agrícola, rompiendo el mito de que el campo es «cosa de hombres». El magisterio en la provincia sigue teniendo rostro femenino, manteniendo viva la campaña de alfabetización que Vilma defendió como la primera gran puerta a la emancipación.
Si algo define el impacto de Vilma en la mujer de esta región oriental es la naturalización de derechos que antes eran impensables. El Código de las Familias, cuyas bases ella cimentó con décadas de lucha por la igualdad de género y el respeto a la diversidad, resuena con especial fuerza en los hogares holguineros. Vilma enseñó que la feminidad no estaba reñida con el fusil ni con la ingeniería.
En Holguín, una provincia de fuertes tradiciones, su legado fue el puente entre el conservadurismo de antaño y la modernidad de una mujer que hoy lidera universidades, hospitales y hogares.
Al caer la tarde en el parque Calixto García, se ve a las jóvenes universitarias caminar con la seguridad de quien se sabe dueña de su destino. Quizás muchas no sepan que cada paso que dan sobre esas losas fue pavimentado por la audacia de aquella joven santiaguera que hizo de Cuba entera su hogar. En Holguín, Vilma Espín no es solo un nombre en una placa, es el estándar de dignidad que se hereda de abuelas a nietas. Es la certeza de que, en esta isla, el futuro se escribe con nombre de mujer.
Y es que el eco de Vilma no se mide en discursos ni en fechas conmemorativas; se mide en la firmeza de una muchacha que denuncia sin miedo la injusticia en su barrio, en la ingeniera que dirige una planta eléctrica en las afueras de la ciudad.
Su recuerdo no es una estatua de bronce que se mira de lejos: es un latido compartido que recorre cada hogar holguinero donde una mujer decidió ser dueña de su vida.
Vilma Espín sigue viva porque supo querer a la mujer cubana no como un ideal abstracto, sino como una hermana de trinchera, con sus cansancios, sus alegrías y su infinita capacidad de resistencia.
Por eso, cuando el viento del nordeste sacude las palmas reales de la perla de Cuba, las mujeres de Holguín alzan la frente: saben que llevan dentro la semilla que ella plantó, y que esa tierra, regada con coraje y ternura, jamás dejará de dar frutos.
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