Vilma Espín

La eterna guía de las mujeres cubanas

En la sede de la Federación de Mujeres Cubanas en Holguín, varias mujeres de distintas edades se sientan en círculo. Una de ellas, la más anciana, saca de su cartera una fotografía desgastada por los años. «Esta es Vilma», dice con la voz entrecortada. Las más jóvenes se inclinan para ver el rostro de aquella mujer de mirada firme y cabello oscuro. Y entonces, como si ese nombre fuera una llave, todas empiezan a hablar.

Hablan de escuelas que no tenían, de derechos que les negaban, de miedos que ya no sienten. Y, sin decirlo directamente, todas entienden que aquella mujer nacida hace 96 años en Santiago de Cuba es la razón por la que hoy pueden estar ahí, sentadas, opinando, decidiendo.

Aquel 7 de abril de 1930, mientras Vilma Espín Guillois llegaba al mundo en el seno de una familia acomodada, la mayoría de las niñas cubanas nacían en un país que las condenaba al silencio. Pero Vilma, que estudiaría Ingeniería Química en el Massachusetts Institute of Technology (MIT), nunca concibió los privilegios como un techo, sino como una plataforma.

Al regresar a Cuba, su encuentro con la realidad de las campesinas, las obreras y las domésticas la llevó a la Sierra Maestra. Allí el fusil se convirtió en su carnet de lucha, pero también entendió que la Revolución necesitaría una organización específica para desmontar siglos de desigualdad.

Esa certeza la llevó a fundar, en 1960, la Federación de Mujeres Cubanas, una estructura que no se parecía a ninguna otra en América Latina. Mientras en otros países los movimientos femeninos solían ser apéndices de partidos o iglesias, la FMC nació con voz propia y con una tarea titánica: alfabetizar a las adultas, capacitar a las jóvenes, promover leyes de igualdad y, sobre todo, escuchar.

Vilma recorrió cada provincia, cada barrio, cada batey, y de esas visitas surgieron las Casas de Orientación a la Mujer y la Familia. Pero había un nudo que no lograba desatarse solo con leyes: la maternidad seguía siendo una trampa. Muchas mujeres dejaban de estudiar o de trabajar porque no tenían con quién dejar a sus hijos.

A raíz de esa problemática nacieron los Círculos Infantiles, inaugurados en 1961. No eran simples guarderías, como las que ya existían en países ricos, sino un concepto revolucionario: educación temprana con base científica, alimentación garantizada, horarios adaptados a las jornadas laborales y, sobre todo, gratuidad.

Y aunque el bloqueo económico de Estados Unidos hacía estragos, ella logró que esos centros se multiplicaran por toda la isla, llegando hasta los parajes más apartados. Para las campesinas que nunca habían tenido una hora libre, el círculo infantil fue la primera puerta hacia algo que ni siquiera se atrevían a soñar: el derecho a ser algo más que madres.

Ese derecho, conquistado con tenacidad y ternura a la vez, fue solo uno de los muchos que Vilma ayudó a construir ladrillo por ladrillo. Ella no alzaba la voz para imponerse, sino para abrir caminos donde solo había maleza. Por eso, cuando el 18 de junio de 2007 murió en La Habana, no hubo flores suficientes para despedirla, pero sí una certeza colectiva: lo que Vilma había sembrado seguiría creciendo sin ella.

Han pasado los años, ya no está físicamente, y las circunstancias son otras, muy distintas a aquellas en las que alzó la voz por primera vez. Sin embargo, ni el tiempo ni los nuevos desafíos han borrado su huella. Vilma sigue vigente porque supo que la Revolución no sería completa sin la mitad de su pueblo, y porque entendió que la igualdad no se decreta: se construye desde cada escuela, cada fábrica, cada casa de orientación y cada ley que protege.

Las mujeres cubanas la recuerdan como ese rostro firme que todavía abre puertas, como un nombre que sigue grabado en la historia de Cuba. Porque mientras haya una joven que estudie, una mujer que trabaje, una historia que contar, Vilma Espín no se habrá ido.