En la Gegira se cultiva plátano aprovechando la fertilidad del suelo. Foto: Sociedad EspeleológicaTierra diferente es la de La Gegira, barrio anclado en pleno corazón de la Sierrita de Cupeycillo, cerros abruptos y más bien bajos, del grupo orogénico Alturas de Maniabón… ¿Tierra escribí? Mal lo hice, pues tierra es lo que más escasea en esta zona del municipio de Gibara de la provincia de Holguín.

La poca que hay, rojiza ferralítica es, sin embargo, asombrosamente fértil y sustento de una agricultura muy diferente a la que regularmente se observa en otras regiones de este territorio oriental a la vera del Océano Atlántico.

En ese punto de la geografía, de clima particular que suele inclinarse a lo seco y donde crece con pujanza el matorral preñado de una sólida y amplia fauna, el gran señor es el diente de perro, hijo filoso de la caliza.

No hay sitio por allí, prácticamente, que escape a la presencia milenaria de esas rocas que evidencian una región —como otras—salida de las entrañas del mar y labrada durante miles de años más por los agentes del intemperismo.

Condiciones que hacen pensar en muchas cosas, menos en que, en circunstancias tan difíciles, pueda desarrollarse una agricultura de secano floreciente como la que se aprecia apenas se inicia la trepada de los cerros.

Más de una treintena de kilómetros separan a La Gegira de la ciudad de Holguín, barrio que tiene en la localidad de Velasco, distante ocho kilómetros, al núcleo poblacional importante más cercano.

Velasco, valga recordarlo, ocupa uno de los extremos de un triangulo agrícola imaginario dedicado con preferencia al cultivo del frijol, que se completa en La Resbalosa, también en Gibara y con el valle de Santa Rosa en el municipio de Rafael Freyre, el otrora granero de Cuba.

La Gegira es parte de ese entorno, sitio donde radica la Cooperativa de Créditos y Servicios Fortalecida José Velázquez Leyva, entidad que acaba de cumplir, la primera en Gibara, el plan de frijoles de la actual campaña con más de medio centenar de quintales acopiados.

El frijol, el ajo y los plátanos, particularmente este último, resultan los cultivos fundamentales o casi los únicos rentables en áreas en las que el riego es quimera y los implementos agrícolas mas comunes, como el arado o las gradas, se vuelven mayoritariamente impotentes.

El frijol y el ajo se logran en pequeñas parcelas, donde la piedra da un mínimo respiro y el plátano se “acoteja” en los huecos del diente de perro rellenos de tierra con las manos.

En La Gegira y por todos esos rumbos, nunca encontrará platanales alineados, orgánicos como un pelotón en formación, sino en guerrilla desplegada, con las plantas apostadas donde aparece la oportunidad, a veces juntas, otras distantes.

Tampoco se le prodigan cuidados propios de las plantaciones llaneras como el deshoje, pues las hojas secas en los seudotallos hacen valer aquello de que la cáscara guarda al palo, al favorecer la retención de la escasa humedad.

Lo principal, repetido machaconamente por los lugareños como algo que nunca puede olvidarse ni eludirse, resulta mantener las plantaciones libres de malas hierbas, permanente enemigo al acecho.

Y esa labor es un verdadero reto, cuando generalmente la azada no funciona y quedan como opciones la punta del machete, las manos y los herbicidas químicos, bastante escasos y caros por estos días, aplicados por hombres que se mueven como equilibristas entre las aguzadas piedras.

Platanal que se enyerba es años de trabajo perdido, sentenció lapidario uno de los 114 cooperativistas, de tupida barba cana, piel curtida por el sol y el aire salitroso que llega del relativamente cercano mar.

En cada jornada parten de La Gegira para el llano carretas llenas de productos, entre ellos los hermosos, gruesos y largos plátanos viandas y frutas cosechados en ese pintoresco sitio, que aseguran orgullosos los gegireños, están entre los mejores de Holguín.


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