Feliberto Batista Arafé haitiano que confiesa agradecimiento a la Revolución Cubana. Foto: Arnaldo Vargas Castro.A la condición de país más empobrecido de este hemisferio, Haití - con una población compuesta por el 60 por ciento de negros, 30 por ciento mulatos, y 10 por ciento blancos – ha sido víctima de numerosos eventos naturales, como el sismo que el 12 de enero de 2010, arrancó la vida a 316 mil personas, 350 mil resultaron lesionadas, y más de un millón 500 mil, quedaron sin hogar.

Cuba le brinda apoyo solidario y desinteresado a ese pueblo, desde mucho antes del terremoto, tanto en asistencia médica, como en la preparación de futuros galenos que asumirán los retos que impone la realidad haitiana.

Lazos históricos unen a los cubanos con ese pedazo de tierra caribeña, del cual escribió José Martí a Gonzalo de Quesada en una carta fechada el 8 de septiembre de 1892: “No vi jamás, en mi mucho ver, tierra más triste ni devastada que ese rincón haitiano”.

Desde mucho antes de la llegada de Cristóbal Colón a la mayor de las Antillas, el 28 de octubre de 1492, habitantes del vecino territorio habían vencido esa distancia en precarias embarcaciones. Sucesos repetidos hasta nuestros días, tanto intencionales, como accidentales.

Pero las mayores migraciones ocurrieron tras la Revolución Haitiana y la Constitución de la República negra, el primero de enero de 1804; durante el desarrollo de importantes inversiones extranjeras en la industria azucarera cubana, en las primeras décadas del siglo XX, que demandaban mano de obra barata; y en el transcurso de la dictadura de terror implantada por Francoise Duvalier, en la reconocida como “Tierra de grandes montañas.

Entre los que se aventuraron a hacer la travesía, en busca de trabajo y mejor vida, figuraron los padres de Filiberto Batista Arafé, quien reconoce que “ellos siempre hablaban con respeto y admiración del pueblo cubano y se sacrificaron mucho para subsistir y alimentarnos, pues éramos 17 hermanos”.

¿Dónde se establecieron tus padres?

“Hicieron un casuchito de guano y yagua en el lugar conocido por El Cedrito, casi pegadito a la línea de ferrocarril que enlaza a Cueto con Antilla; entre cañaverales. El viejo se dedicaba a los cortes de cañas; sembraba en las guardarrayas para poder alimentarnos con harina de maíz, boniato, yuca: lo que apareciera”.

“La familia crecía por año, porque no había radio, ni televisor, y en medio de aquellas noches tan oscuras, no tenían otra que cosa que hacer y se acostaban temprano. De esa forma, nacimos 17 muchachos que jugábamos con palos y simulábamos yuntas de bueyes con dos botellas enyugadas. Así era la vida nuestra”.

“Mi mamá se dedicada a los quehaceres de la casa, pero en el tiempo muerto (período de inactividad azucarera) participaba, con varios de nosotros, en la cosecha cafetalera, allá en el lugar conocido por Tumba Siete, en Mayarí Arriba, perteneciente al actual municipio II Frente, de Santiago de Cuba”.

¿Cómo era tu mamá?

“Era iletrada, de poco hablar, buena madre y muy luchadora; no le tenía miedo a la vida, ni al trabajo; y como asimiló los problemas que había en Cuba en aquella época tan difícil para la gente pobre, colaboró con el Ejército Rebelde; en el II Frente Oriental, que comandaba el actual presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, General de Ejército, Raúl Castro Ruz .Ella vive todavía”.

¿Tú naciste poco antes de la Revolución?

“Sí, yo tengo 59 años, o sea, tenía siete cuando llegó aquel gran día, pero recuerdo que en 1958, allá en Seboruco de Mayarí, guardias la detuvieron, aunque estaba muy barrigona, porque al hacerle un registro, descubrieron que llevaba una cédula del 26 de Julio (Movimiento de la clandestinidad), pero fue liberada por un grupo de combatientes del Ejército Rebelde”.

¿Tus hermanos?


“Todos salieron buenos: uno se sumó al II Frente Oriental, otro participó en la lucha contra bandidos, dos cumplieron misiones internacionalistas, y así, batallando hasta hoy”.

Con el triunfo de la Revolución, los haitianos y sus descendientes gozan de iguales deberes y derechos, como el resto de la población; un elevado número de los autóctonos, residentes en Cuba, rebasan los cien años de vida y gozan de buena salud.

¿Qué hiciste a partir de entonces?


“Lo primero fue, aceptar con agrado la propuesta de incorporarme al Plan 1ro.de Mayo (los mayitos), ideado por Fidel (Castro), para ayudar a niños campesinos muy pobres, como yo; después me incorporé a la Columna Juvenil del Centenario (CJC), hoy Ejército Juvenil del Trabajo (EJT), en el Escambray; en 1971, participé en la Columna Invasora de Oriente a Occidente, rememorando aquellos heroicos contingentes que comandaron Camilo (Cienfuegos) y el Che (Guevara)”.

En el año 1973, Batista Arafé se integra a la Policía Nacional Revolucionaria (PNR), donde ha dedicado los últimos 25 años, a la instrucción penal, hoy órgano de investigaciones criminales y operaciones, del Ministerio del Interior.

“Imagínate si habré trabajado en tantos años, pero siempre con el mismo amor y la misma entrega; sin olvidarme jamás de dónde vengo y esa gratitud eterna a la Revolución que nos abrió las puertas y nos puso alas para que voláramos tan alto como seamos capaces, en busca del desarrollo humano que nos hace seres más útiles”.

Con 59 años de edad y una amplia hoja de servicios a la Patria, incluyendo una misión internacionalista en la República Popular de Angola, el Capitán Batista Arafé, viaja diariamente, de esta ciudad de Holguín, hasta su Cueto natal, para dedicarle tiempo a la familia, y porque asegura que los pitazos del tren cañero, o del central anunciando el cambio de turnos, o una victoria productiva, le provocan una extraña mezcla de nostalgia y alegría.

“Yo creo que esa unidad familiar nos hace fuertes como nación, además de ser seres sencillos, sin considerarnos jamás importantes por lo que hacemos; porque ese es sencillamente, nuestro deber. Ah, y quiero que sepas, que este pichón de haitianos que ves aquí, va a defender esta Revolución, hecha con sangre y sudor, hasta el último instante de su vida”.



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