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Viernes, 30 Septiembre 2016
Un hombre de ayer y de siempre es José Martí
Como hijo de un pueblo esclavo luchó por su redención y murió en combate, y esa imagen del hombre cayendo del caballo no se aparta de nuestra mente como tampoco la calle de Paula donde nació el niño el 28 de enero, el escolar sencillo, el del sol bueno y el mar de espuma, y esa certeza de que estará aquí por siempre como río y bosque.

José Martí es el altar donde inclinamos nuestras cabezas, no para estar lejos sino más cerca del hombre de carne y hueso, hecho a nuestra imagen y semejanza, y si lo buscamos en la bondad y la honestidad de seguro lo encontraremos a nuestro lado, estrechándonos en un abrazo y mostrando donde está nuestro deber.

No es que sea un dios, nunca lo habría admitido, pero lo veneramos porque, como Cristo, anduvo con los pobres de la Tierra, tembló con las injusticias desde que era un niño, su adolescencia fue rebelde y después con su traje viejo y sus zapatos gastados trazó caminos por la libertad de Cuba.

Ciertamente no fue crucificado como Cristo pero sufrió presidió y llevó un grillete como signo de su lucha contra la opresión, quería a su manera expulsar a los mercaderes del templo de la Patria, los colonialistas españoles que tantos crimines abominables cometieron en la isla.

Es una presencia constante entre nosotros y su solo nombre basta para evocar al universo, con el alma abarca el corazón de todos los cubanos, puede derribar muros con una palabra, mover la Tierra con versos, derrotar ejércitos con la verdad y con las trincheras de ideas enfrentar al enemigo más poderoso.

No puede ser un hombre de ayer cuando cada día lo descubrimos andando en los amaneceres y nos inspira a enaltecer la Patria con la verdad y el desinterés, a encontrar la manera más útil para franquear la obra creadora legada como destino y hacer que la luz se haga en medio de la oscuridad.

Es un hombre de hoy y de siempre que nos enseña a estar allí donde somos más útiles, más buenos porque nos acompaña en la belleza de las flores y en lo lacerante de la espina, y aunque no podemos mezclar nuestra sangre sabremos comulgar con sus virtudes aunque nunca lleguemos a su altura.

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